jueves, 26 de abril de 2018

Joy Laville


El pasado 14 de abril murió Joy Laville, en el Estado de Morelos. Extraordinaria pintora, ganadora de varios premios incluido el Premio Nacional de Ciencias y Artes en 2012. Laville adoptó a México como su segunda patria. En 1965 conoció a Jorge Ibargüengoitia, con quien se casó en 1973 (fue el segundo matrimonio de ambos). Ibargüengoitia escribió varias veces sobre su esposa, en diferentes artículos, detallando el carácter afable y amoroso de Laville.

Me dediqué a recopilar estos pedacitos para asomarnos a su vida :) Aquí van.

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Joy Laville

Después del golpe contra Excelsior en 1969 y a pesar de tener solo cuatro años de conocer a Jorge Ibargüengoitia, decidió llevárselo de viaje por el mundo.

Era amable, sabía improvisar la cena con lo que encontrara en la cocina aunque nunca fue una gran cocinera, ya que Jorge se encargaba de eso. En cambio, era el tipo de persona que ponía champaña en el refrigerador para disfrutar la tarde. No tuvo una gran vida social, pero le gustaba recibir visitas los domingos.

Cuando llegaron a Londres, en septiembre, vieron un departamento que estaba en un segundo piso, que tenía dos recámaras pequeñas y una estancia agradable, iluminada por un ventanal que daba a un jardín ajeno. Aunque hubiera sido un magnífico estudio para ella, decidió no tomarlo porque los pisos estaban cubiertos de una alfombra color verde perico.

Joy prefirió instalarse en un semisótano, en el que vivieron cuatro meses. Ella colocó un caballete en la sala en donde entraba luz natural de once a dos –a las tres había que encender la luz o entrar a tientas. Para pintar, la escritora encontró un papel barato, muy bueno, propio para acuarela. Con una tabla y el caballete improvisó un restirador y empezó a hacer guaches. Pintaba un rato, cuando oscurecía se ponía el abrigo y los guantes, y se iba al centro de Londres a ver aparadores.
Entre los cuadros que hizo en esa época aparecen dos temas recurrentes: el pasillo que había en el departamento y "la mujer con capa", que es un desnudo de pie inspirado en el retrato de una cirquera, que Joy encontró en el libro de fotografías de Diane Arbus.



Al cabo de cuatro meses, Joy guardó los guaches en una caja de madera y los dejó encargados en el desván de unos amigos. Después de eso, viajó con Jorge de la Ceca a la Meca. En Almería, España, alquilaron un departamento donde ella tenía su propio cuarto para pintar.

Sufrió en su oficio. Tuvo que mandar hacer un caballete y los bastidores con un carpintero viejo, compró cinco metros de manta de algodón que había en la provincia –las demás telas eran sintéticas– y después de mucho buscar encontró gesso acrílico en una perfumería. Ahí pintó una serie de cuadros. Era muy notable uno que representaba a cuatro turistas –desnudos y azulados– en el Valle de los Reyes.

Desafortunadamente cuando llegó el momento de empacarlos, la pintora hizo rollo las telas y las metió en una reja de madera que se deshizo antes de llegar a Londres.

Cuando regresaron a México, Laville pospuso lo más posible el momento de abrir la caja de los guaches y desenrollar las pinturas. Un día se dio el ánimo y abrió, junto con Jorge, la caja de madera.
El resultado fue sorpresivo: los colores oscuros, confusos, que había pintado en la luz invernal del semisótano londinense, eran vivos, definidos y alegres. Lo que había hecho en Londres había sido un experimento exitoso. Con los cuadros que pintó en España pasó algo semejante: lo que parecía aspereza a secas en la tela, le dio profundidad al color, que los pintores muchas veces buscan y rara vez obtienen.

En enero de 1978 pensó, junto con su esposo, que la Ciudad de México se ponía cada vez más fea y decidieron irse a provincia. En busca de un futuro acomodo, comenzaron por el lugar más cercano: Cuernavaca. Ella fue la encargada de ver casas mientras Jorge caminaba por los callejones de la ciudad de la eterna primavera. Gustaba de tomar cerveza en el balcón al atardecer.

Pasaron varios años y se fueron ir a vivir una temporada a París. Fue ahí cuando Ibargüengoitia recibió una invitación para ir a Bogotá. Al principio, ella iba a acompañarlo, pero no lo hizo. Pensaron que no valía la pena gastar tanto en el pasaje para estar unos diez días, porque después tenían planeado pasar algunos meses en Colombia. Fue cuando ocurrió el fatal accidente.

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Joy Laville se quedó un tiempo a vivir en Europa, asimilando la muerte del escritor. Dejó de pintar un tiempo. Después regresó a México y pasó sus últimos días en su casa de Jiutepec, en el Estado de Morelos, rodeada de árboles y acompañada de su perra Mila.

Como ella misma diría de su fallecido esposo: llevaba un sol adentro. :)

viernes, 13 de abril de 2018

Billy Idol meets México



Me encontré esta bella adaptación de "Eyes without a face", con acordeón. Más allá de una ocurrencia, me entero que el que la hizo (Alan Espinoza) es un chico de Tijuana que toca música clásica y que viene de una familia de músicos que tocan en la calle. De ahí viene la combinación.

En los relacionados viene "Vivaldi conoce Sinaloa" y otros más. A ver si la siguiente vez que vaya a Tijuana voy a buscarlo :)

domingo, 8 de abril de 2018

¡Acabé!



El 7 de enero contaba por aquí que me habían encargado un libro. Bueno pues ¡LO ACABÉ! :D

¡Viva, viva!

No solo lo acabé, sino que mandé un adelanto a la editorial y me dijeron que estaban encantados. Tuve que agregarle unas páginas más y ahorita mismo estoy en la etapa de revisiones. No sé cuando será el mejor momento de anunciar de qué se trata (supongo que cuando quede lista la última versión), pero me siento muy orgulloso porque nunca había terminado un proyecto tan complicado y de manera constante.

Lo que sí puedo contar es que:
1) Es un libro de datos curiosos e interesantes. Una recopilación de muchas cosas.
2) Como no me gustan los libros aburridos, le metí muchísimo humor, así que espero que la gente se ría en cada página.
3) Y como puedo escribir y diseñar al mismo tiempo, armé el libro de pé a pá. Es decir que todas las ilustraciones, diseño, detallitos y todo lo que van a leer, lo armé acá en la casa. Mi amigo Jay Sánchez me ayudó con muchos elementos en 3D y le dio un subidón.

Bueno, espero que se vaya a imprenta antes de un mes. Yo avisaré :D

- M.

El Gran Museo del Mundo Maya



A unos pasos del Centro de Convenciones de Mérida está El Gran Museo del Mundo Maya, un edificio moderno, muy bonito, pero que solo tiene un piso de exhibición ¿¿?? Uno piensa que va a encontrar algo enorme, pero la verdad es adentro hay un piso de oficinas, otro de exposiciones temporales y el otro es un estacionamiento.

Aún así, la sala de exposiciones es impresionante.

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Creo que para el mexicano promedio (y lo digo con sumo pesar y con un poco de vergüenza) la "idea" de la península de Yucatán comienza con los mayas, luego se salta a las haciendas henequeras y vuelve a saltar a la ciudad moderna. Eso se debe, obviamente, a que la educación del país es muy mala y centrista. Sabemos mucho de la vieja civilización maya, pero poco de la guerra de castas de Yucatán. Y es una historia interesantísima.

Uno de los grandes aciertos de este museo, es que la historia se cuenta al revés. Comienza con los mayas en la actualidad y termina en los tiempos precolombinos. Así uno se entera en seguida de cómo está el panorama actual y de los conflictos sociales.

Por ejemplo, yo sabía que hubo muchos intentos para someter a la gente de la península: lo que no sabía es que muchas veces escapaban a una zona conocida como "La Montaña" que está al sur y al oriente. Estamos hablando de que esto ocurría hasta hace 100 años. Esta zona está en la frontera de Guatemala. ¿Sabían esto? Bueno, pues yo no. Ni siquiera sabía que la Montaña es tradicionalmente un refugio para los rebeldes. Miren, les dejo un artículo académico que habla de eso, siguiendo este link.

Como les digo, el museo es muy interesante. Tiene unos audiovisuales que son bellísimos y que usan el recurso de ir encendiendo las piezas que están a tu alrededor para darle un efecto dramático.



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Me encantó Mérida. Quisiera regresar una y otra vez. Quisiera vivir aquí.


Tres recomendaciones más:

- El restaurante Havanero's, es glorioso. Tienen muy buena comida y puedes pedir una salsa molcajeteada al momento que es deliciosa.
- La cantina La Negrita. Es un lugar muy bonito para refrescarse. Hay cervezas locales, nacionales y agua de sabor. Te atienden con muy buen ánimo aunque en las noches está llenísimo. Es mejor pasar por ahí a media tarde para comer algo ligero.
- El restaurante La Chaya Maya. La mejor comida de Mérida, a precios accesibles. Mi recomendación es pedir un plato para dos personas y alguna entradita, porque las porciones son enormes. Hay dos sucursales de La Chaya Maya, y en ambos sirven la misma comida, pero vale la pena buscar el que tiene jardín. Está más bonito.


Y aquí acaba este viaje. Ahora, en el siguiente post les contaré algo diferente :)

miércoles, 4 de abril de 2018

Chichen Itzá


Más de un millón 493 mil turistas llegan cada año a Chichen Itzá, convirtiéndola en la segunda zona arqueológica más visitada del país (detrás de Teotihuacán). ¿Qué es lo primero que ven las personas que visitan este lugar?

Filas.

Para entrar hay una fila enorme, de turistas nacionales y extranjeros que se hacen bolas con los precios. Hay un precio para locales, un precio para visitantes extranjeros, otro para nacionales. Descuento para maestros, alumnos, tercera edad. Hay tres taquilleros que tienen que explicar todo, una y otra vez, a los que quieren entrar:

- Oiga, pero yo soy mexicano, si quiere le doy mi dirección y la receta de los tacos al pastor
- Sí, pero el requisito es que me presente una identificación oficial
- No tengo
- Paga completo
- ¡Pero soy mexicano!
- Sí, pero el requisito es que me presente una identificación oficial

Así, al infinito.

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Adentro, entre cada edificio de la zona, hay decenas de vendedores con sarapes, figurines de barro, silbatos, playeras, cobijas (¿quién se llevaría una cobija con tanto calor?), idolitos, cuarzos, sombreros y trajes de baño. Todos te gritan "pásele, lleve, lleve" en todos los idiomas posibles. Los extranjeros ven esos puestos con incredulidad y algunos compran recuerditos.


Desde hace mucho tiempo ya no se puede subir a las construcciones. Me dijo Ave que cuando ella era niña todavía le tocó treparse (aunque en las vacaciones pasadas un turista extranjero se subió al Castillo y se lo llevó la policía). Hoy la gente se contenta tomándose selfies.

El calor es sofocante. La mejor manera de visitar Chichen Itzá es llevando unas botellas de agua, un buen sombrero y correr donde haya sombra de árboles, porque si pasas más de 15 segundos en el sol, te achicharras como zombie. El lugar es precioso y está bien señalizado. Hay algunas tiendas para comprar víveres, paletas de limón y agua a precio de oro.



También hay muchas iguanas que son como ardillas chilangas, es decir, que ya lo le temen a los visitantes. También abundan los guías de turistas (que te abordan desde la carretera) para explicarte, según el que te toque, que la maya era una civilización que estaba emparentada con la Atlántida, que los mayas eran tan inteligentes que podían predecir temblores y que te dan clases de matemáticas antiguas en donde puedes conocer el mínimo común múltiplo por medio de rayas y bolitas. Cada quien da su propia explicación.

Yo creo que la mejor manera de disfrutar la zona arqueológica es perderte por ahí, leer las cédulas que puso el Instituto de Antropología y sentarte en una banquita para admirar tantos edificios tan bonitos. Son hermosos. Lugares que solo ves en libros de historia y en los billetes. El Chac-mol, el observatorio, el juego de pelota. No necesitas más que abrir los ojos y embobarte con tantas cosas.


Otro tip para disfrutar la zona es no visitar todo de un solo golpe, sino hasta donde te canses. Hay quien quiere visitar todos los edificios como hormiguita y ni alcanzan a ver nada bien y acaban con los pies con ampollas. Hay quien dirá:

- Oye, pero ya estabas allá, ni modo de no visitar todo, es un desperdicio.

Pues sí, pero si no visitas todo, ya tienes pretexto para regresar. Esos edificios han estado 1400 años ahí, qué más da que te tardes unos años más en visitar algo que es taaaaaan bonito :)


domingo, 25 de marzo de 2018

Cenote Samulá y Keken


Tengo un problema con los sitios turísticos. Voy a tratar de explicarlo:

Ave y yo llegamos, en el auto que rentamos, al Cenote Samulá, que está como a hora y media de Mérida. En la entrada había un pequeño puesto donde había una chica que se llama Jazmín:

- ¡Hola! ¿Vienen al Cenote?
- Sí. ¿Se puede nadar aquí?
- Sí. Acá está la taquilla, yo los llevo.

"¡Qué chica tan amable!", pensamos. Cinco segundos después nos dimos cuenta que era una chica que vende su servicio como guía de turistas por una propina. "Guía de turistas" es un decir, porque lo que hace es llevarte de un lado a otro y decirte cosas como "en esa piedra se ve una cabeza de elefante y allá un chaneque". Mi conflicto viene de lo siguiente: yo no tengo problema en tomar un tour, pero no me gusta que me obliguen a tomarlo. Tampoco tengo problema en dar propinas o apoyar la economía local, pero que me avisen desde el principio.

En fin. Todos esos pensamientos se borraron de mi cabeza cuando entramos al cenote. Una cueva enorme bajo tierra. Si alguna vez han visitado un cenote, sabrán a lo que me refiero. Si nunca lo han hecho, voy a tratar de explicarlo en un solo párrafo:

Nuestros antepasados pensaban que los cenotes eran una entrada a otro mundo, y con razón: es impresionante ver el mundo desde abajo. Las raíces de los árboles, las estalactitas, los murciélagos volando sobre tu cabeza. Peces de colores nadando contigo mientras la luz del sol entra por un agujero. Agua dulce que está en constante movimiento y filtración. Un lugar tan enorme que te roba el aliento. Es eso. Pocas experiencias hay como nadar en este lugar. Es hermoso.

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Aprovechando que Jazmín estaba con nosotros, le preguntamos sobre el lugar: nos contó que todos los cenotes pertenecen a la comunidad maya donde se encuentran, pero siempre causan conflicto. A veces una familia quiere administrarlos, otras veces otra. Hay muertos y peleas. Entonces el gobierno entra, les quita el cenote y lo administra, dejándoles solo un porcentaje de las ganancias.

- Qué tontería -le digo a Jazmín
- Sí, pero por lo menos nos dejan un porcentaje que se va para mejorar a la comunidad.

Jazmín es joven y quiere estudiar. Nos quiere contar historias inventadas para impresionar turistas, pero mejor le preguntamos sobre las cosas que come y lo que hace. Si un día van a este cenote, búsquenla.


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El cenote Samulá está a pocos metros de otro cenote que se llama Keken. Me gusta mucho cómo pronuncian sus nombres locales, con un acento dulce y cantadito. Keken no se parece a su cenote hermano: mientras Samulá es una cueva llena de estalactitas y raíces de árboles, Keken es una cueva enorme en la que entra mucha luz natural.


En ambos lugares lo recomendable es llevar un traje de baño y una toalla. Y listo: tus cosas las dejas aventadas en alguna piedra y te metes a nadar. Los guías te dicen que ellos cuidan tus pertenencias, pero es innecesario porque... todos se meten a nadar. No es como si fuera un balneario en donde hay mucha gente en la orilla comiendo Sabritones: no señor, todos se meten al agua.

Es irresistible.

Si no sabes nadar, te quedas en una orillita. Si eres más aventado, te vas a la parte profunda y te echas un clavado al fondo. Si solo quieres echar la flojera, rentas un chaleco salvavidas por 20 pesos y te agarras de una cuerda. Los cenotes son generosos y tienen lugar para todos: dan ganas de quedarse aquí por siempre.

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Para llegar a estos dos cenotes hay que irse por la carretera libre que va a Valladolid. Uno puede pensar que la carretera libre es un camino feo de terracería, pero es casi igual a la carretera de cuota, con la ventaja de que pasa por diferentes poblados. Cuando te da hambre, te orillas con alguna persona que venda cosas, buscas dónde vendan una cerveza y comes por menos de 50 pesos. Todos aquí quieren platicar, te ponen buena cara y te preguntan de dónde vienes.

Realmente llegas a encariñarte con este Estado. Pero debo decir que al otro día fui al Gran Museo del Mundo Maya y se me hizo un hueco en la panza. Eso lo cuento en el siguiente post.

jueves, 22 de marzo de 2018

Puerto Progreso


Tomas una camioneta que pasa por la avenida y en menos de 30 minutos ya estás en la playa. Así de fácil. Puerto Progreso está muy cerca de Mérida y llegar allá solo te cuesta 19 pesos.

La camioneta en la que viajamos era cómoda y traía canciones de José Luis Perales. Al poco rato se subieron unas señoras que traían cuatro niñitas que me iban jalando el sombrero y a las que "espantaba" sacándoles la lengua. La señora se dio cuenta que yo andaba de buen humor y le decía a sus hijas que me las iba a robar. Las niñas siguieron jalándome el sombrero.

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La dinámica en Progreso es la misma que en cualquier otra playa del país. Llega uno, se quita las chanclas y por arte de magia se aparecen unos tipos ofreciéndote camastros y mesas con sombrita: 200 pesos por todo el día. Ellos te dicen que la mesa es libre: no tienes que consumir nada si no quieres, pero si quieres cervezas, ellos te consiguen. Ave y yo optamos por la opción chilanga: es decir, comprar cervezas en el oxxo y tomarlas bajo una palapa.

El viento corría fuerte. Estar en la playa siempre es delicioso: uno puede quedarse viendo al mar todo el tiempo y nadie te va a cuestionar porqué tienes la cara de ido. Le di baje rápidamente a dos latones de Indio, mientras Ave se metía a nadar. Luego, fue mi turno. Debo decir que sentíamos la paranoia de que, mientras los dos estuviéramos en el mar, iba a llegar un ladrón y se iba a llevar nuestras cosas. Nunca pasó. De hecho nunca nadie se acercó a donde estábamos.

Cuando iba por el sexto latón de cerveza, decidimos ir a comer. Un señor en el mercado local vendía lonchas de un pescado que no se come en la Ciudad de México por 70 pesos. Mucho repollo a un lado, salsa de habanero infaltable y devoramos el pedazo de pescado frito. Una maravilla.




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Un maestro de antropología que tuve nos recomendaba que siempre que visitáramos algún lugar, teníamos que ir al mercado, a la iglesia y al museo local para enterarnos de cómo está la cosa. A esa lista yo agregué la cantina.

El Mercado San Benito en el centro de Mérida es bonito y tradicional. Llegas a él entre negocios que venden carne, cremerías y muchas señoras que venden sus productos en la banqueta. Bolsas de achiote, relleno negro y polvo de calabaza le dan color a la entrada. Te ofrecen queso de bola a 280 pesos: este queso llegó a Mérida por un accidente, al parecer porque un barco holandés naufragó y tuvo que dejar su carga de queso edam en la costa yucateca. A todos les gustó el sabor y convirtió a Yucatán en el único lugar en todo México donde se come con regularidad (en el resto del país es un manjar casi desconocido). No confundir con el queso bola de Chiapas.

En San Benito hay puestos de señoras que venden tacos de cochinita pibil a 12 pesos: toman una tortilla y arrancan una porción al trozo de carne que tienen enfrente. Esta cochinita no es de color rojo intenso, sino del color de la barbacoa, lo cual me hace pensar que lo que mi mamá hace por "cochinita pibil" no es más que un invento.

Afuera del mercado venden sombreros tipo Panamá y hay restaurantes familiares para tomar cerveza y refrescos. No son cantinas: entran mamás, papás e hijos para quitarse el calor.

Me encanta esta ciudad :D