jueves, 7 de noviembre de 2019

Kim Ji-young


No sé cómo recomendar este libro. Ya van tres veces que trato de comenzar este post, sin éxito. A ver, va de nuevo:

Hace unos días mi amiga Gabriela Zas me dijo que se me notaba que yo había crecido con hermanas. Y tiene razón: crecí en un ambiente en donde los ciclos menstruales y el "tu hermana está mala, ve a comprarle un ibuprofeno" era algo común. Cuando yo era niño y mi mamá me mandaba a comprar sus toallas sanitarias, el señor de la farmacia las envolvía en papel periódico, para que no me vieran en la calle con ellas. Como si fuera algo malo y vergonzoso. A veces además del periódico, te las echaban en una bolsa negra. De hecho, para mi mamá era "ve a la farmacia a comprarme unas toa", así, sin terminar la palabra.

Eso me suena como algo de hace treinta años, pero el otro día vi a un chavo en el supermercado que estaba en el pasillo de las toallas y parecía que lo habían metido al quinto infierno de Dante.

Estoy consciente de que muchas de mis actitudes están marcadas por una época en la que la igualdad de hombres y mujeres era completamente diferente a la actual. Los primeros consejos que me daban mis papás cuando comencé a salir con chicas eran de "los hombres pagan la cuenta", "ábreles la puerta", "el hombre camina del lado de la calle". Un montón de pequeños consejos que venían de tiempos remotos. Afortunadamente estuve rodeado de buenos amigos hombres con los que iba platicando lo bueno y lo malo de esto, aunque de manera primitiva. Me acuerdo que uno de ellos, José Manuel, me dijo un día:

- Yo gano más que mi chica, y pago más, pero por una cuestión de matemáticas
- ¿Eh?
- Sí: entre los dos hicimos las cuentas de cuánto ganábamos en conjunto, sacamos el porcentaje y decidimos que lo justo es que yo pague el 38 por ciento más de las cosas, para que ella no se quede sin dinero. Es lo justo.

Eso fue por allá, por 1998. Me pareció la actitud más lógica que había escuchado. Lo que no era justo es que él ganara más, pero esa es otra historia.

**

Mi papá era el proveedor de la casa y mi mamá tenía que quedarse a cuidar a la familia. Una vez, cuando vino una crisis a finales de los 80, mi papá me dijo:

- Ni modo, a chambear

Yo tenía 13 años. Lo más lógico era que yo, por ser el hombre, comenzara a trabajar para aportar dinero a la casa, aunque eso implicara ir y venir todos los días en el metro después de la escuela. En otra crisis, allá por 1994, mi mamá decidió que también tenía que aportar dinero y consiguió un trabajo en donde limpiaba la casa de un arquitecto. Y al contrario de lo que pudiera pensarse, esa decisión cimbró nuestro hogar. ¿Cómo era posible que mi mamá trabajara limpiando una casa? Terrible. Pero la falta de dinero y la inflación de esos años hizo que no hubiera otra alternativa. Mis hermanas y yo hacíamos la comida y el quehacer del día, mientras ella se iba a ganar algo de dinero.

En fin. Ahora contaré el motivo de este post:

El libro "Kim Ji-young. Nacida en 1982" cuenta la historia de una chica en Corea del Sur. Aunque es una novela de ficción, el contexto que narra es real: fueron años en los que las mamás tenían que trabajar en manualidades caseras, los niños comían primero que las niñas o los maestros levantaban la falda a las chicas "para ver si traían el uniforme correcto". Kim Ji era una niña como cualquier otra, que se cuestionaba porqué los hombres podían salir al recreo a jugar futbol mientras que ella tenía que quedarse con sus amigas en un rincón.

Aunque se desarrolla en la década de los 80, suena tan actual que da miedo.

En aquellos años, en Corea, era mejor tener hijos varones porque aportarían más dinero a la casa. Así que si en el ultrasonido se daban cuenta que venía una niña, era preferible abortarla. Eso hizo que el porcentaje de hombres aumentara desproporcionadamente y con ello se acentuaba su privilegio. "Los hombres tienen que comer más porque está en su naturaleza", dice en un párrafo. Las mujeres a veces se conformaban con media ración, si bien les iba.

Lo cual me recuerda taaaanto a México.

Busquen este libro. Es cortito, es barato y está muy bueno. No cuesta más de 150 pesos. Regálenselo a sus chamacos, a sus sobrinos y a los chavos en formación como regalo de navidad. Como contexto diré que hace poco le preguntaron a la cantante de K-Pop Irene, del grupo Red Velvet, qué estaba leyendo y ella dijo que este libro. Horror: sufrió una campaña de bullying en donde se le cuestionó que porqué estaba leyendo esta "basura feminista" si ella es tan bonita.

Pero esa historia acabó bien: muchos se preguntaron si de verdad era un libro tan terrible y las ventas se dispararon en Asia. Es uno de los grandes éxitos editoriales, por recomendaciones de boca en boca. Y créanme que vale mucho la pena.

jueves, 17 de octubre de 2019

Luciano Pereyra


Hace como dos semanas, una amiga de una agencia me mandó un mensaje donde me decía que Luciano Pereyra estaría en la Ciudad de México y que me lo podía mandar a Charros:

- Es muy famoso, tiene más de 20 años de carrera- me dijo
- Lo ubico. Vamos a programarlo -dije yo

Quedamos para ayer miércoles. El lunes por la noche estaba platicando con mi hermana Coral y le dije que iba a tenerlo en cabina. Aventó lo que tenía en las manos:

- ¿LUCIANO? ¿VAS A TENER A LUCIANO PEREYRA?
- Er... sí
- ¡ES EL ÍDOLO DE MI MAMÁ! ¡Y YO LO AMO!
- Er... ¿entonces le llamo a mi mamá o qué?

Tomé el teléfono. Eran las once de la noche y le marqué a mi mamacita chula:

- Oye ma', siento si estabas dormida. Me dijo Coral que voy a tener un cantante que te gusta.
- ¿Quién, hijo?
- Luciano Pereyra.
- ¿LUCIANOOOOOO? ¿VAS A TENER A LUCIANO PEREYRAAAAA?
- Sí.
- ¡ME MUEROOOOOO!

**

Lo que siguió después es que el martes mi mamá me contó por teléfono vida y obra de Luciano: que en Argentina es famosísimo, que cantó con Lucero y que estuvo en el Lunario. Que le cantó al Papa y no sé qué cosas.

- Mamá, pero si te invito a cabina te comportas, no como con los Hombres G
- ¡VOY A CONOCER A LUCIANO!

Temí lo peor. Volví a hablar con Fabiola, la chica de RP:

- Oye Fabiola, es que, es que, es que mi mamá ama a Luciano. Y va a ir a cabina. Y pues es mi mamá.
- Ayyy, ya la quiero conocer
- Bueno, adviértele a Luciano que pues... es mi mamá. La vas a reconocer fácil porque tiene ojos de chinita
- Ja ja ja, no te preocupes

Ayer miércoles me tocó estar al micrófono, lo cual significaba que cuando llegara el cantante no iba a poder recibirlo, pero dejé todo preparado. Mi mamá llegó casi una hora antes y me dijo:

- Aquí me quedo sentadita, oyendo canciones en mi celular
- Ay mamá
- No te apures, yo me comporto

Mi hermana también iba, así que ella me contó lo que pasó.

***

Cuando llegó Luciano con su equipo de prensa, mi mamá saltó de su asiento y se le llenaron los ojos de lágrimas. Gritó "¡LUCIANOOOO!".

Fabiola, muy amablemente le dijo "usted debe ser la mamá de Memo", "Ay síiiii", "Bueno, él es Luciano".

- Mucho gusto, buenas noches
- ¡¡¡AYYYYYYYY!!!
- ¿Cuántos años tiene, señora?
- Ay, casi 70
- ¡Qué energía!

Luego mi jefecita se puso a platicarle de ovnis, de conspiraciones del gobierno, de sus conciertos, de Lucero y de todo lo que sabe de él. Le regaló unos separadores y mi mamá le explicó que los hace mi papá, que no tiene pata. Luciano se comportó amabilisísimo, le preguntó por mi papá y se guardó los regalos en su chamarra. Es una gran persona. Yo los veía desde adentro de la cabina y pensé "¿Qué tanto estará hablando mi mamá?". Cuando llegó el corte, salí por ellos:

- A ver mamá, ya dame a Luciano
- AY NOOOO
- ¡YA MAMÁ!

Luciano se doblaba de risa. Transcurrió la entrevista y todo salió muy bien. Luego de eso se despidieron, se volvieron a abrazar y se fue.

***
Cuando acabó todo, mi mamá me dijo:

- ¡Fue el mejor día de mi vida!
- Ay, no exageres
- Hasta se me subió la presión, lo bueno es que me traje mi pastilla, ya me la tomé
- ¡Mamáaaaaaaaa!

Aquí está la prueba: nomás vean la cara de mi jefa. Lo que no haría por ella ;D


sábado, 5 de octubre de 2019

California Dancing Club



La pista del California Dancing Club abre a las 5 de la tarde. Las parejas llegan. Dependiendo del grupo, puede llenarse hasta atiborrarse: el domingo pueden tocar los Acosta o la Sonora Dinamita. En el lugar caben 4000 personas. Y se llena.

El palacio del baile en México está sobre la avenida Tlalpan, en la Portales. A media calle hay un hotel de paso, una calle y media más allá, varias cervecerías viejas, con cumbias o cantantes viejos y desafinados que tratan de ganarse unas monedas. Pero el California, el mero California, es un lugar donde el tiempo se detuvo.

***


El guardarropa está custodiado por un viejito que te entrega una ficha por tus cosas. En la barra, venden sándwiches de jamón, chicharrones de harina, refrescos y cervezas en lata: solo Modelo especial. Nada de tragos fuertes. Cerveza caliente, según me dicen. La entrada depende del grupo que esté y no estás obligado a consumir nada, si no quieres. 70 pesos en un día normal, 100 o 120 pesos si hay un grupo famoso.

Las parejas que van son variopintas: turistas que se acercan, algunos jóvenes, mucha gente grande. Algunos muy arreglados, otros menos. Gente que sale de trabajar del mercado de la Portales para echarse un dancin'. El escenario es enorme: caben dos orquestas completas. Si una termina, la otra comienza en seguida.

- Los domingos se pone bueno el baile -me dice el de la entrada
- Órale ¿A qué hora empieza? 
- A las 5. A las 10 ya se fue la gente.
- ¡Qué temprano!
- A veces los horarios varían: acabamos tarde, según el evento. Los lunes es de salsa, debería de venir en lunes.

Mi amigo Jorge lo definió muy bien: es uno de los lugares más "neta" de la ciudad. Aquí se viene a bailar. No hay poses, no importa que el de junto vaya con una camisa vieja, no importa que te muevas poco. La gente va a divertirse un rato y ya. No esperas más del California.

***


El California comenzó como un cine: el Gran Cine Bretaña, cuando las avenida todavía era de terracería y pasaba un tranvía enfrente. El lugar es enorme: de las 4000 personas que pueden pasar, 1000 caben sentadas cómodamente en las mesas, que se dividen en varias áreas, algunas más escondidas que otras. Los carteles muestran a un hombre entre árabe y marajá. "Es el Califa", me dice el vigilante. Qué curioso: todos los chilangos conocemos al California como "El Califas" y supongo que de ahí la deformación. No tiene que ver una cosa con otra.

Para las diez de la noche de un sábado el lugar se ve vacío. No hay más de 20 parejas bailando. Lo mejor ya pasó.



La falta de gente le da un aspecto irreal al lugar: parecería decadente, pero no es así. Grandes grupos y bandas se presentan con sus espectáculos de luces. A pesar de la poca afluencia (está a punto de cerrar), los grupos hacen su mejor esfuerzo:

- ¡Ea! ¡Que siga el ambiente! -dice una chica en minifalda que es la vocalista de una banda tropical

Y se arrancan con una y otra canción. Tocan las más conocidas: "La vida es un carnaval", "Delirio", "Mil horas". La orquesta anterior le daba más variedad: pasodobles, danzones, chachachás. Ritmos que hoy nadie baila en las fiestas, pero que aquí son la sensación. Una pareja de la tercera edad baila pegadita. Otra más, dando saltitos. Cada quien tiene su manera de bailar y eso es lo bonito. Te das cuenta que aunque todos escuchamos la misma música, aprendimos de diferente manera: unos en el barrio, otros en las fiestas, otros más tomaron clases. Ahí se nota. Uno no puede evitar moverse.

Hay sillas alrededor para tomar un descanso entre canción y canción sin necesidad de irte a tu mesa. Todo está hecho para el baile: los baños son grandes, espaciosos, en donde te venden cosas para refrescarte o galletas. Grandes letreros te dicen que está penadísimo consumir cualquier droga. Espejos por todos los muros para que te des tu arregladita. Poca venta de alcohol para que sigas bailando. Nadie se fija si tienes dos pies izquierdos, pero las que se mueven bien, causan admiración entre los que estamos.

De verdad es el Palacio del baile en México.

jueves, 3 de octubre de 2019

Ferias de Libro



Ahora que soy un autor desconocido y que me han llevado, afortunadamente debo decir, del tingo al tango a las ferias de libro, puedo contar cómo se ven las cosas desde adentro. Es una cosa muy curiosa, verán.

Por principio de cuentas, llevar autores a las Ferias de Libro no es negocio para nadie, a menos que seas un figurón como Alberto Lati o mi querida Laura García. Sin embargo, los gobiernos estatales y municipales tienen la misión de que la gente lea. Para ello asignan ciertos recursos a la cultura.

- Tenemos que traer autores, para que la gente se acerque a la feria municipal de Acayucatlán -dice algún funcionario
- Búscate algunos
- Digamos Xavier Velasco o JK Rowling
- Pregunta cuánto cobran por venir

Acto seguido, el funcionario se pone en contacto con las editoriales, y al ver que sale en un ojo de la cara, prefiere meter autores de medio pelo y rellenar con desconocidos. Ahí es cuando entra el Memo.

Esto puede sonar a exageración, pero he sabido de Ferias que anuncian a escritores internacionales y a la mera hora los cancelan.

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Para los autores como yo, las ferias resultan una bendición. Sobre todo porque estamos seguros que cualquiera va a comprar a Leslie Polinesia, porque es famosa, pero mi labor es ir a platicar de qué se trata mi libro, y hacerlo lo más ameno posible para que la gente se acerque al stand de la editorial. En las presentaciones que he hecho me he vestido de astronauta, de ranchero, he llevado cacas de plástico, vasos de refresco viejos y he regalado dulces. Todo por la lectura.

Sin embargo, un amigo que se dedica a eso me contó que cierta escritora pide un camerino para ella sola, tequila, dulces y agua del Himalaya. Nunca me dijo quién es, pero sospecho que debe ser Guadalupe Loaeza o alguien similar. También me dijo que otro autor pide 40 mil pesos por presentación y otro más, que lo lleven en avión de primera clase.

Para el resto (es decir, como yo) lo común es que te manden los boletos de camión a la mera hora, te paguen el hotel y tres comidas. Yo con eso me conformo, total, me sacan a pasear.

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Lo primero que hace uno al llegar a las ferias es ver el lugar donde te vas a presentar: auditorios grandes, chicos, foros, un templete con dos sillas, un rincón viejo. Luego, viene la pregunta obligada:

- ¿Vendrá gente a mi presentación?

Aquí lo conveniente es tomar dos actitudes: "me vale que no venga gente, de todos modos ya estoy aquí" o "me convierto en merolico y comienzo a jalar público". Y ahí está uno gritando a bocajarro "¡Acérquese, acérquese, ya va a empezar la presentación, acérquese!". He comenzado presentaciones con cinco personas y terminado con auditorios llenos, sobre todo porque Luis Sopelana y yo somos muy babosos, y nos la pasamos risa y risa. Supongo que la gente cree que somos standuperos.

Las ferias de libro tienen a las editoriales más comunes vendiendo libros. También están siempre los stands de la revista Algarabía (cómo trabajan, caray), de cómics, de libros de ángeles, cuarzos y algunos más que tienen libros a 20 pesos en el botadero. Esos siempre tienen gente.

A veces las ferias están organizadas adentro de canchas deportivas, en teatros o en plazas de armas, en donde ponen lonas para que no pegue el sol. La desventaja de esto es que si no están bien puestas se cuela el agua cuando llueve y ahí está uno con el abrigo hasta arriba para que no te agarre el chiflón. Eso me pasó el domingo, que es la foto de arriba.

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Pero ya me la sé. También ya sé que a veces los presentadores no tienen idea de quién eres y que no les pasaron los datos, así que lo que hago es agarrar el micrófono y presentarme yo solito. También me ha tocado que en la ronda de preguntas y respuestas, la gente dice algo de su vida personal, y me dan ternura. Total, de eso se trata.

Una de las mejores presentaciones que tuve, fue en Tijuana. Presentaba el Libro de la Caca y antes de empezar, la organizadora me dijo:

- Escogimos esta plática para que sea inclusiva. Habrá un intérprete de señas y un grupo de sordos estará en el público.

Yo, menso como siempre, comencé a hablar de cómo sale la caca por el intestino y cómo la gente tiene diferentes maneras de limpiarse la coliflor. El intérprete estaba doblado de la risa y el grupo de no oyentes se revolvían en sus lugares. Al final sacudieron las manos en señal de aplauso. Fue hermoso.

viernes, 27 de septiembre de 2019

La Carretera



En unas horas salgo a San Luis Potosí a presentar el libro Soy Retro Porque. Todavía quedan algunas ferias de libro que cubrir. Me iré en camión, en la carretera que pasa por San Juan del Río y luego se desvía.

Me encanta la carretera. He viajado por todos lados. He manejado kilómetros y kilómetros, con gente al lado, con copilotos dormidos, con gente cantando. Y también he manejado solo. Y muchas veces más en camión.

Uno de los peores viajes de carretera que he tenido fue cuando trabajaba en la Unam. Iba con el director y cuatro jefes de área más. Se me hacía poco profesional dormirme. Para evitarlo, el jefe iba haciendo "juntas" con cada miembro del equipo. Media hora para ver pendientes, luego nos íbamos rotando. Horrible.

Una vez venía de no sé dónde e iba pasando por Atlacomulco. Llovía terriblemente y no había un lugar para pararse. De repente cayó una tormenta en donde no se podía ver más allá de un metro. Me aferré al volante y avancé con mucho cuidado: acabé con diarrea del puro susto.

Pero también he manejado por la península bajacaliforniana y es una de las carreteras más bonitas que he pasado. Otra vez le di la vuelta a Cozumel parándome en cualquier lugar para tomar una cerveza. Otro tramo que me gusta es la carretera que va a Guadalajara, después de los lagos de Michoacán, con sus árboles que enmarcan el camino. Y otro más es el que va de Aguascalientes a Zacatecas, donde los campos de guayaba se ven como si fueran terrazas en las laderas.

Un día venía de Guanajuato sin prisa alguna y me di la vuelta en una carretera local por la que no he pasado otra vez. Es ancha, vacía, con algunos traileros ocasionales.

No me gustan las carreteras que hacen muchas curvas. De esas conozco muchas, como la que va a Cuetzalan, o algún tramo de la sierra de Oaxaca.

Un día iba acompañado de una chica por una carretera que estaba en completa oscuridad. Era media noche y no se veía ningún auto. Apagué las luces del auto unos segundos y las estrellas se veían por todo el cielo. Era una cosa hermosísima.

Mañana, otra vez a carretera. Ya quiero salir.


martes, 17 de septiembre de 2019

12 años



A los 12 años, yo estaba pensando qué iba a hacer cuando entrara a la preparatoria. Ja ja ja, qué horror. Contaré cómo era la vida en 1987.

Tengo pocos recuerdos de ese año, pero son muy marcados: iba terminando tercero de secundaria porque a mi mamá se le ocurrió que era buena idea tener un hijo adelantado en la escuela. Había una chica que me gustaba en el salón, que se llamaba Nericia (oh, Nericia, dónde estás, qué nombre tan raro, Nericia), pero la que me hacía caso era una que se llamaba Lidia. Llevaba taller de electricidad en secundaria, que era la materia que más me gustaba:

Yo pensaba que un día podría hacer la instalación eléctrica profesional y ponía mucha atención a los amperes, a los volts y a los ohms. Nunca ocurrió: volaba los fusibles de mi casa a la menor provocación porque hacía enchufes que no servían. Mi mamá ya estaba acostumbrada a los cortocircuitos y seguramente pensaba para sus adentros:

- Este niño un día se va a quedar pegado, por menso.

Sí me di varias descargas, pero nunca me quedé pegado. La gran ventaja es que cuando a la cantina entra el señor con la máquina de los toques, soy el primero que se levanta. Se me hizo vicio.

Veíamos mucha tele. Mi hermana y yo nos aventábamos toda la barra de caricaturas mientras mi mamá lavaba los trastes o planchaba. A veces pasaban películas como "La Chica de Rosa" o "El club de los 5" y yo pensaba:

- Cuando vaya a la preparatoria, me vestiré tan bien como ellos.

Otro error: mi mamá nos compraba ropa en la calle de Coruña y lo más cool que tuve fue una camisa azul con grecas, que cuando mis amigos me la vieron dijeron: "pareces Chayanne". Nunca me la volví a poner.

En la secundaria iba bien de calificaciones. Siempre del cuadro de honor y esas cosas. Cuando sacaba nueve, sudaba como pollo. Mi mamá nos decía:

- La única obligación que tienen, es estudiar, así que aplíquense.

El destino quiso que llegara la crisis y me mandaran a trabajar a los 13 años. Maldita crisis.

***

Cuando entré a la preparatoria, me tomaba una Sangría Señorial con mis amigos, porque no me alcanzaba para otra cosa. ¿Dónde estaban esas cafeterías que veía en Beverly Hills 90210? Lo más que había afuera de mi escuela era un puesto de tortas de salchicha y a una calle estaba un puesto de carnitas. Eso no es cool. Todavía no definía muy bien qué quería ser de grande y como la escuela se me hacía muy fácil, me la pasaba tirado en el pasto en unas laderas que llamábamos "los lagartijeros".

Pero eso fue después. Un día, para despedir la secundaria, los amigos hicieron una fiesta en donde estaba Nericia, oh Nericia. Yo dije "me voy a pasar toda la fiesta con mi amada". Pero ella estaba juntando unas hojas de papel, con unas grapas, usando solo sus dedos. Yo, acomedido como siempre, le comencé a ayudar y los dedos me quedaron como cacahuate por no usar la engrapadora. Todos estaban en el desmadre cuando Nericia me dijo:

- Qué bueno que me ayudas. Méteme esta, Memo.

Como en escena del Chavo del Ocho, todos guardaron silencio. Uno al fondo dijo "Métesela, Memooooo". Horror al crimen: todos hicieron burla de "iuuuuuu, méteselaaaa". Yo me puse rojo como tomate y aventé las hojas. Eso definió mi vida romántica para siempre.

Yo pensé que al otro día iba a ser el hazmerreir del salón, pero no, porque a una chica que se llamaba Nancy se le ocurrió probar las mieles del amor con un tipo. Nancy era la chica güerita, alta y más guapa de la escuela y se metió a un cuarto con un tipo feo. Todos lo comentaron al otro día:

- Estuvieron "caldeando"
- ¿Quéee?
- Se besaron, jijijiji

Eran otros tiempos.

***

Mi papá nos llevaba al cine a ver películas de Schwarzenegger que algún locutor loco de canal 5 pronunciaba como "Svatttzenegaaa". "Ya en cines la película Comando con Svatzenega". Como mi papá veía que yo me estaba convirtiendo en un enclencle panzón, decidió poner una barra en una puerta, para que hiciera ejercicio:

- Ya puse bien esta barra. Para que hagas conejo, mi'jo.

Al final la dichosa barra sirvió para que me colgara como chango y me columpiara, dejándome tremendos callos en las manos. Pobre de mi papá, él pensaba que me iba a poner bien mamey y acabé todo chueco, como muñeco deshilachado.

***

Todo eso ocurrió cuando yo tenía 12 años. Y es que justo hoy cumplo 12 años con este blog. Es decir que voy por mi preadolescencia bloggera. Dios mío, cómo pasa el tiempo. Muchas gracias a todos los que andan por aquí.

M.

PD: acabo de buscar a Nericia, oh Nericia, en Facebook y no hay nadie que se llame así. A lo mejor hoy es una señora con 14 hijos mientras yo soy un menso que hace mensadas. Les digo: definió mi vida romántica, ja ja ja.

Intermedio musical



Una versión suavecita de Disco 2000. La pongo como intermedio mientras escribo el siguiente post :)