sábado, 5 de octubre de 2019

California Dancing Club



La pista del California Dancing Club abre a las 5 de la tarde. Las parejas llegan. Dependiendo del grupo, puede llenarse hasta atiborrarse: el domingo pueden tocar los Acosta o la Sonora Dinamita. En el lugar caben 4000 personas. Y se llena.

El palacio del baile en México está sobre la avenida Tlalpan, en la Portales. A media calle hay un hotel de paso, una calle y media más allá, varias cervecerías viejas, con cumbias o cantantes viejos y desafinados que tratan de ganarse unas monedas. Pero el California, el mero California, es un lugar donde el tiempo se detuvo.

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El guardarropa está custodiado por un viejito que te entrega una ficha por tus cosas. En la barra, venden sándwiches de jamón, chicharrones de harina, refrescos y cervezas en lata: solo Modelo especial. Nada de tragos fuertes. Cerveza caliente, según me dicen. La entrada depende del grupo que esté y no estás obligado a consumir nada, si no quieres. 70 pesos en un día normal, 100 o 120 pesos si hay un grupo famoso.

Las parejas que van son variopintas: turistas que se acercan, algunos jóvenes, mucha gente grande. Algunos muy arreglados, otros menos. Gente que sale de trabajar del mercado de la Portales para echarse un dancin'. El escenario es enorme: caben dos orquestas completas. Si una termina, la otra comienza en seguida.

- Los domingos se pone bueno el baile -me dice el de la entrada
- Órale ¿A qué hora empieza? 
- A las 5. A las 10 ya se fue la gente.
- ¡Qué temprano!
- A veces los horarios varían: acabamos tarde, según el evento. Los lunes es de salsa, debería de venir en lunes.

Mi amigo Jorge lo definió muy bien: es uno de los lugares más "neta" de la ciudad. Aquí se viene a bailar. No hay poses, no importa que el de junto vaya con una camisa vieja, no importa que te muevas poco. La gente va a divertirse un rato y ya. No esperas más del California.

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El California comenzó como un cine: el Gran Cine Bretaña, cuando las avenida todavía era de terracería y pasaba un tranvía enfrente. El lugar es enorme: de las 4000 personas que pueden pasar, 1000 caben sentadas cómodamente en las mesas, que se dividen en varias áreas, algunas más escondidas que otras. Los carteles muestran a un hombre entre árabe y marajá. "Es el Califa", me dice el vigilante. Qué curioso: todos los chilangos conocemos al California como "El Califas" y supongo que de ahí la deformación. No tiene que ver una cosa con otra.

Para las diez de la noche de un sábado el lugar se ve vacío. No hay más de 20 parejas bailando. Lo mejor ya pasó.



La falta de gente le da un aspecto irreal al lugar: parecería decadente, pero no es así. Grandes grupos y bandas se presentan con sus espectáculos de luces. A pesar de la poca afluencia (está a punto de cerrar), los grupos hacen su mejor esfuerzo:

- ¡Ea! ¡Que siga el ambiente! -dice una chica en minifalda que es la vocalista de una banda tropical

Y se arrancan con una y otra canción. Tocan las más conocidas: "La vida es un carnaval", "Delirio", "Mil horas". La orquesta anterior le daba más variedad: pasodobles, danzones, chachachás. Ritmos que hoy nadie baila en las fiestas, pero que aquí son la sensación. Una pareja de la tercera edad baila pegadita. Otra más, dando saltitos. Cada quien tiene su manera de bailar y eso es lo bonito. Te das cuenta que aunque todos escuchamos la misma música, aprendimos de diferente manera: unos en el barrio, otros en las fiestas, otros más tomaron clases. Ahí se nota. Uno no puede evitar moverse.

Hay sillas alrededor para tomar un descanso entre canción y canción sin necesidad de irte a tu mesa. Todo está hecho para el baile: los baños son grandes, espaciosos, en donde te venden cosas para refrescarte o galletas. Grandes letreros te dicen que está penadísimo consumir cualquier droga. Espejos por todos los muros para que te des tu arregladita. Poca venta de alcohol para que sigas bailando. Nadie se fija si tienes dos pies izquierdos, pero las que se mueven bien, causan admiración entre los que estamos.

De verdad es el Palacio del baile en México.

jueves, 3 de octubre de 2019

Ferias de Libro



Ahora que soy un autor desconocido y que me han llevado, afortunadamente debo decir, del tingo al tango a las ferias de libro, puedo contar cómo se ven las cosas desde adentro. Es una cosa muy curiosa, verán.

Por principio de cuentas, llevar autores a las Ferias de Libro no es negocio para nadie, a menos que seas un figurón como Alberto Lati o mi querida Laura García. Sin embargo, los gobiernos estatales y municipales tienen la misión de que la gente lea. Para ello asignan ciertos recursos a la cultura.

- Tenemos que traer autores, para que la gente se acerque a la feria municipal de Acayucatlán -dice algún funcionario
- Búscate algunos
- Digamos Xavier Velasco o JK Rowling
- Pregunta cuánto cobran por venir

Acto seguido, el funcionario se pone en contacto con las editoriales, y al ver que sale en un ojo de la cara, prefiere meter autores de medio pelo y rellenar con desconocidos. Ahí es cuando entra el Memo.

Esto puede sonar a exageración, pero he sabido de Ferias que anuncian a escritores internacionales y a la mera hora los cancelan.

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Para los autores como yo, las ferias resultan una bendición. Sobre todo porque estamos seguros que cualquiera va a comprar a Leslie Polinesia, porque es famosa, pero mi labor es ir a platicar de qué se trata mi libro, y hacerlo lo más ameno posible para que la gente se acerque al stand de la editorial. En las presentaciones que he hecho me he vestido de astronauta, de ranchero, he llevado cacas de plástico, vasos de refresco viejos y he regalado dulces. Todo por la lectura.

Sin embargo, un amigo que se dedica a eso me contó que cierta escritora pide un camerino para ella sola, tequila, dulces y agua del Himalaya. Nunca me dijo quién es, pero sospecho que debe ser Guadalupe Loaeza o alguien similar. También me dijo que otro autor pide 40 mil pesos por presentación y otro más, que lo lleven en avión de primera clase.

Para el resto (es decir, como yo) lo común es que te manden los boletos de camión a la mera hora, te paguen el hotel y tres comidas. Yo con eso me conformo, total, me sacan a pasear.

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Lo primero que hace uno al llegar a las ferias es ver el lugar donde te vas a presentar: auditorios grandes, chicos, foros, un templete con dos sillas, un rincón viejo. Luego, viene la pregunta obligada:

- ¿Vendrá gente a mi presentación?

Aquí lo conveniente es tomar dos actitudes: "me vale que no venga gente, de todos modos ya estoy aquí" o "me convierto en merolico y comienzo a jalar público". Y ahí está uno gritando a bocajarro "¡Acérquese, acérquese, ya va a empezar la presentación, acérquese!". He comenzado presentaciones con cinco personas y terminado con auditorios llenos, sobre todo porque Luis Sopelana y yo somos muy babosos, y nos la pasamos risa y risa. Supongo que la gente cree que somos standuperos.

Las ferias de libro tienen a las editoriales más comunes vendiendo libros. También están siempre los stands de la revista Algarabía (cómo trabajan, caray), de cómics, de libros de ángeles, cuarzos y algunos más que tienen libros a 20 pesos en el botadero. Esos siempre tienen gente.

A veces las ferias están organizadas adentro de canchas deportivas, en teatros o en plazas de armas, en donde ponen lonas para que no pegue el sol. La desventaja de esto es que si no están bien puestas se cuela el agua cuando llueve y ahí está uno con el abrigo hasta arriba para que no te agarre el chiflón. Eso me pasó el domingo, que es la foto de arriba.

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Pero ya me la sé. También ya sé que a veces los presentadores no tienen idea de quién eres y que no les pasaron los datos, así que lo que hago es agarrar el micrófono y presentarme yo solito. También me ha tocado que en la ronda de preguntas y respuestas, la gente dice algo de su vida personal, y me dan ternura. Total, de eso se trata.

Una de las mejores presentaciones que tuve, fue en Tijuana. Presentaba el Libro de la Caca y antes de empezar, la organizadora me dijo:

- Escogimos esta plática para que sea inclusiva. Habrá un intérprete de señas y un grupo de sordos estará en el público.

Yo, menso como siempre, comencé a hablar de cómo sale la caca por el intestino y cómo la gente tiene diferentes maneras de limpiarse la coliflor. El intérprete estaba doblado de la risa y el grupo de no oyentes se revolvían en sus lugares. Al final sacudieron las manos en señal de aplauso. Fue hermoso.

viernes, 27 de septiembre de 2019

La Carretera



En unas horas salgo a San Luis Potosí a presentar el libro Soy Retro Porque. Todavía quedan algunas ferias de libro que cubrir. Me iré en camión, en la carretera que pasa por San Juan del Río y luego se desvía.

Me encanta la carretera. He viajado por todos lados. He manejado kilómetros y kilómetros, con gente al lado, con copilotos dormidos, con gente cantando. Y también he manejado solo. Y muchas veces más en camión.

Uno de los peores viajes de carretera que he tenido fue cuando trabajaba en la Unam. Iba con el director y cuatro jefes de área más. Se me hacía poco profesional dormirme. Para evitarlo, el jefe iba haciendo "juntas" con cada miembro del equipo. Media hora para ver pendientes, luego nos íbamos rotando. Horrible.

Una vez venía de no sé dónde e iba pasando por Atlacomulco. Llovía terriblemente y no había un lugar para pararse. De repente cayó una tormenta en donde no se podía ver más allá de un metro. Me aferré al volante y avancé con mucho cuidado: acabé con diarrea del puro susto.

Pero también he manejado por la península bajacaliforniana y es una de las carreteras más bonitas que he pasado. Otra vez le di la vuelta a Cozumel parándome en cualquier lugar para tomar una cerveza. Otro tramo que me gusta es la carretera que va a Guadalajara, después de los lagos de Michoacán, con sus árboles que enmarcan el camino. Y otro más es el que va de Aguascalientes a Zacatecas, donde los campos de guayaba se ven como si fueran terrazas en las laderas.

Un día venía de Guanajuato sin prisa alguna y me di la vuelta en una carretera local por la que no he pasado otra vez. Es ancha, vacía, con algunos traileros ocasionales.

No me gustan las carreteras que hacen muchas curvas. De esas conozco muchas, como la que va a Cuetzalan, o algún tramo de la sierra de Oaxaca.

Un día iba acompañado de una chica por una carretera que estaba en completa oscuridad. Era media noche y no se veía ningún auto. Apagué las luces del auto unos segundos y las estrellas se veían por todo el cielo. Era una cosa hermosísima.

Mañana, otra vez a carretera. Ya quiero salir.


martes, 17 de septiembre de 2019

12 años



A los 12 años, yo estaba pensando qué iba a hacer cuando entrara a la preparatoria. Ja ja ja, qué horror. Contaré cómo era la vida en 1987.

Tengo pocos recuerdos de ese año, pero son muy marcados: iba terminando tercero de secundaria porque a mi mamá se le ocurrió que era buena idea tener un hijo adelantado en la escuela. Había una chica que me gustaba en el salón, que se llamaba Nericia (oh, Nericia, dónde estás, qué nombre tan raro, Nericia), pero la que me hacía caso era una que se llamaba Lidia. Llevaba taller de electricidad en secundaria, que era la materia que más me gustaba:

Yo pensaba que un día podría hacer la instalación eléctrica profesional y ponía mucha atención a los amperes, a los volts y a los ohms. Nunca ocurrió: volaba los fusibles de mi casa a la menor provocación porque hacía enchufes que no servían. Mi mamá ya estaba acostumbrada a los cortocircuitos y seguramente pensaba para sus adentros:

- Este niño un día se va a quedar pegado, por menso.

Sí me di varias descargas, pero nunca me quedé pegado. La gran ventaja es que cuando a la cantina entra el señor con la máquina de los toques, soy el primero que se levanta. Se me hizo vicio.

Veíamos mucha tele. Mi hermana y yo nos aventábamos toda la barra de caricaturas mientras mi mamá lavaba los trastes o planchaba. A veces pasaban películas como "La Chica de Rosa" o "El club de los 5" y yo pensaba:

- Cuando vaya a la preparatoria, me vestiré tan bien como ellos.

Otro error: mi mamá nos compraba ropa en la calle de Coruña y lo más cool que tuve fue una camisa azul con grecas, que cuando mis amigos me la vieron dijeron: "pareces Chayanne". Nunca me la volví a poner.

En la secundaria iba bien de calificaciones. Siempre del cuadro de honor y esas cosas. Cuando sacaba nueve, sudaba como pollo. Mi mamá nos decía:

- La única obligación que tienen, es estudiar, así que aplíquense.

El destino quiso que llegara la crisis y me mandaran a trabajar a los 13 años. Maldita crisis.

***

Cuando entré a la preparatoria, me tomaba una Sangría Señorial con mis amigos, porque no me alcanzaba para otra cosa. ¿Dónde estaban esas cafeterías que veía en Beverly Hills 90210? Lo más que había afuera de mi escuela era un puesto de tortas de salchicha y a una calle estaba un puesto de carnitas. Eso no es cool. Todavía no definía muy bien qué quería ser de grande y como la escuela se me hacía muy fácil, me la pasaba tirado en el pasto en unas laderas que llamábamos "los lagartijeros".

Pero eso fue después. Un día, para despedir la secundaria, los amigos hicieron una fiesta en donde estaba Nericia, oh Nericia. Yo dije "me voy a pasar toda la fiesta con mi amada". Pero ella estaba juntando unas hojas de papel, con unas grapas, usando solo sus dedos. Yo, acomedido como siempre, le comencé a ayudar y los dedos me quedaron como cacahuate por no usar la engrapadora. Todos estaban en el desmadre cuando Nericia me dijo:

- Qué bueno que me ayudas. Méteme esta, Memo.

Como en escena del Chavo del Ocho, todos guardaron silencio. Uno al fondo dijo "Métesela, Memooooo". Horror al crimen: todos hicieron burla de "iuuuuuu, méteselaaaa". Yo me puse rojo como tomate y aventé las hojas. Eso definió mi vida romántica para siempre.

Yo pensé que al otro día iba a ser el hazmerreir del salón, pero no, porque a una chica que se llamaba Nancy se le ocurrió probar las mieles del amor con un tipo. Nancy era la chica güerita, alta y más guapa de la escuela y se metió a un cuarto con un tipo feo. Todos lo comentaron al otro día:

- Estuvieron "caldeando"
- ¿Quéee?
- Se besaron, jijijiji

Eran otros tiempos.

***

Mi papá nos llevaba al cine a ver películas de Schwarzenegger que algún locutor loco de canal 5 pronunciaba como "Svatttzenegaaa". "Ya en cines la película Comando con Svatzenega". Como mi papá veía que yo me estaba convirtiendo en un enclencle panzón, decidió poner una barra en una puerta, para que hiciera ejercicio:

- Ya puse bien esta barra. Para que hagas conejo, mi'jo.

Al final la dichosa barra sirvió para que me colgara como chango y me columpiara, dejándome tremendos callos en las manos. Pobre de mi papá, él pensaba que me iba a poner bien mamey y acabé todo chueco, como muñeco deshilachado.

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Todo eso ocurrió cuando yo tenía 12 años. Y es que justo hoy cumplo 12 años con este blog. Es decir que voy por mi preadolescencia bloggera. Dios mío, cómo pasa el tiempo. Muchas gracias a todos los que andan por aquí.

M.

PD: acabo de buscar a Nericia, oh Nericia, en Facebook y no hay nadie que se llame así. A lo mejor hoy es una señora con 14 hijos mientras yo soy un menso que hace mensadas. Les digo: definió mi vida romántica, ja ja ja.

Intermedio musical



Una versión suavecita de Disco 2000. La pongo como intermedio mientras escribo el siguiente post :)

sábado, 14 de septiembre de 2019

Oda a la mudanza: no hay lugar perfecto


Viví en el poniente de la ciudad cuando era niño. Las calles eran empinadas y la zona estaba llena de negocios que hoy serían impensables: locales llenos de maquinitas en cada esquina, expendios de lotería y una iglesia con dispensario médico donde mi mamá nos llevaba cuando no había dinero, que era casi siempre. Luego me cambié a Iztapalapa en donde las calles eran planas. Mi mamá todavía vive ahí.

En mi juventud me cambiaba de vez en cuando con mi amigo Mbaye, que vivía detrás de la embajada de Estados Unidos cuando todavía no se gentrificaba, y conseguías departamentos a precio de risa. Luego me casé y mi exesposa Paty, acostumbrada al poniente, vio un lindo departamento por la Plaza de Toros. De ese departamento nos cambiamos a dos calles, donde tenía a unos vecinos uruguayos muy amables.

Pero me divorcié.

Salté a un cuarto de azotea en donde solo había un baño y un pequeño recibidor. El calor era insoportable en verano. Duré apenas seis meses cuando conseguí un departamento en donde pasé casi cuatro años, con dos cuartos y un baño cuya puerta nunca cerraba con seguro. Ahí mis amigos hacían fiestas que duraban del viernes al domingo, entre cervezas y música. Un día uno de ellos sacó una raya de cocaína y dije "aquí se acabó la fiesta, se cierra para siempre". Creo que no volví a organizar algo, solo reuniones ocasionales.

En una de esas reuniones un amigo tomó mucho tequila y vomitó en la puerta.

Convencido de que tenía que estabilizarme me mudé, con la hoy difunta, a un departamento en la colonia Juárez. La colonia Juárez tenía departamentos de 3500 pesos antes de que la atacaran los hipsters y AirBnB. En ese tiempo me iba muy bien de dinero y renté dos departamentos en el mismo edificio, qué loco. Pero como andaba en depresión, aventé todo y le pedí a mi amigo Tacho que me adoptara un rato en su casa. Agarré mis cosas, las eché a casa de mi mamá y me fui a la Nápoles con una cama, mi computadora y poca ropa.

La Nápoles es una colonia de clase media alta, llena de restaurantes y un pequeño parque. Tacho, que acababa de divorciarse, fue mi mejor roomie: él iba por cervezas, yo hacía arroz. Él lavaba los lunes, yo los viernes. Pasábamos la noche platicando y desentrañando los misterios de la vida. Hubo muchas fiestas y corrió mucho mezcal.

Pero luego me arreglé con la hoy difunta, y decidimos regresar a un departamento en la calle de Revillagigedo, en pleno centro de la Ciudad. Cuando vi el departamento, me pareció perfecto: amplio, espacioso, con arcos antiguos. Lo vimos dos o tres veces y dijimos "sí, aquí está bien para pasar un tiempo".

Error: nunca vi el departamento en la noche. El sonido de los autos que pasaban en la avenida no dejaba dormir y un vecino ponía reggaetón a todo volumen, tanto que hasta vibraban las paredes. Las inmobiliarias deberían dejarte pasar un día en el departamento para ver si te acomoda.

El Centro tiene sus ventajas: puedes ir al Zócalo a pasear y luego regresar a cenar. Encuentras todo a la vuelta de la esquina. Lo malo es que también hay rateros, así que cuando me aventaron una pistola en los pies porque unos cacos estaban siendo perseguidos por la policía, decidí moverme de nuevo.

Un amigo querido tenía un departamento vacío en la Colonia del Valle. Estaba caro, pero pensé que sí podía con él. Departamento enorme de cuatro habitaciones y dos baños. Cocina que hasta podías patinar, de tan grande. Un poco chaparrito, pero a gusto. Como en ese entonces teníamos muchísimas cosas, se necesitaron dos camiones de mudanza para llevar todo.

Viví dos meses en ese depa cuando ocurrió el evento: la difunta se fue con otro wey. Me moví unos días a casa de mi hermana, que vivía en la salida a Cuernavaca, en una unidad que estaba tranquila y donde había ardillas y gatos. Ahí le di forma al libro Retro.

Cuando regresé al departamento de la Del Valle y vi que la difunta lo había dejado como zona de guerra, decidí que ya era demasiado y que tenía que darme un tiempo de tranquilidad. Error otra vez: a los 15 días hubo recorte en Milenio y me sacaron con una liquidación ínfima. Decidí quedarme un rato más ahí, aunque el dinero apenas me alcanzaba para comer huevos con jamón.

Mi hermana me dijo que podía moverse conmigo para repartir gastos. Le dije que sí en seguida. Así pasé el último año, trabajando como productor en MVS y regresando a la Del Valle, que es un lugar muy bonito para vivir porque casi no hay gente, pues todos son oficinistas que se van a las 7 de la noche. Pero muy caro, eso sí.

Hace como dos meses, mi hermana y yo pensamos que ese departamento nos quedaba demasiado grande. Un día ella iba caminando por la calle y me dijo "vi un depa de dos recámaras". Decidimos verlo, nos pareció bien y nos mudamos. Es donde estoy ahorita.

Antes de movernos, vimos que la zona es tranquila, que hay señores en la noche paseando a sus perritos, que hay un parque a media calle donde enseñan tango los sábados y danzón los domingos. Un mercado a dos calles, panaderías, puestos de quesadillas y tacos. Y toda la gente te saluda en la calle.

- Qué raro -pensé- esta zona es perfecta. ¿Por qué no están tan caros los departamentos?

La razón la descubrí el día que nos mudamos. Estábamos acomodando cosas cuando escuché un avión encima de mí. Luego otro y otro más. Esta colonia está en la ruta de los aviones al aeropuerto y se oyen como si estuvieran aterrizando en tu azotea. Si me preguntan porqué no los noté antes, es porque, al contrario de lo que creía, los aviones pasan por tandas, no todo el tiempo. Vimos el depa en uno de esos espacios en los que casi no pasan.

Por otro lado he pensado que toda la gente que vive en esta zona y colonias aledañas, se acostumbró ya a ellos, así que yo también podré. Y es que después de tantas mudanzas, ya decidí que no hay lugar perfecto. A ver cuánto tiempo me quedo aquí. ¡Ja!

viernes, 30 de agosto de 2019

Zona Arqueológica de Mixcoac



Quiero imaginar que a principios del siglo XX, algún chamaco latoso estaba jugando luchitas con su hermano, cuando uno de ellos se aventó de cabeza y se pegó con una piedra. Seguramente ese niño regresó a su casa con la choya ensangrentada:

- Es que me pegué, mamáaa
- ¿Dónde?
- En la piedraaaaa
- ¿Cuál piedra?
- Allá en la lomaaaaaa

Porque para los pobladores del viejo Mixcoac, solo había una loma cerca de Tacubaya, que era esta:



Luego, supongo, que al excavar se dieron cuenta que no era una loma natural sino los restos de una pirámide. En 1917 comenzaron a hacer estudios y algún arqueólogo dijo:

- No señores, no se pueden subir ahí, hey, niño bájate, hey, no tiren basura, hey, señores, estamos trabajando, hey, no se lleven esa figurita, hey, a ver, bájate ¡A VER, ME CIERRAN TODO Y NO PASAN HASTA QUE ACABE!

Pasaron 100 años desde que se cerró y apenas la abrieron el domingo pasado. La Zona Arqueológica de Mixcoac ya está abierta al público.

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Dice un letrero que hay cinco zonas arqueológicas a cielo abierto en la CdMx: Templo Mayor, Cuicuilco, Cerro de la Estrella, Tlatelolco y ahora esta, la de Mixcoac. Para los que vivimos (o vivíamos) en el poniente de la ciudad, este lugar era un misterio porque nunca te dejaban pasar. A un lado está un centro cultural donde dan clases de chachachá y defensa personal.

En realidad, esta zona no está en lo que hoy conocemos como Mixcoac (sino en San Pedro de los Pinos), pero antes sí. Dice el viejo libro que tengo en mis manos "Imagen de la Gran Capital" que "A principios del siglo XVI, antes de la llegada de los españoles, los habitantes de Mixcoac, sujetos al señorío de Coyoacán, cultivaban maíz para su consumo y frutales para pagar sus tributos".

También dice que "en 1895 los vecinos de Mixcoac ayudaron a las fuerzas de Santos Degollado a tomar la plaza de Tacubaya" y que en venganza mandaron fusilar a varios. Chale, qué manchados. Por esos años Mixcoac tenía 1500 habitantes.


Entre 1950 y 1960, sigue el libro, se acortaron los espacios que separaban Mixcoac de la Ciudad de México quedando como la conocemos hoy: con su mercado en donde venden unos pescados fritos muy sabrosos y una base de microbuses que suben al Olivar del Conde, la colonia Piloto, Presidentes y más allá. Por cierto, el Olivar le daba agua fresca a toda la región.

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La Zona Arqueológica quedó muy bonita. Tiene un pequeño museo de sitio donde explican qué se encontró ahí y la importancia del lugar. A la entrada hay un policía que te recibe muy amable:

- Ya abrimos, señor
- A eso vengo -le dije
- Ahorita no hay figuritas, porque se las llevaron a Antropología, pero ya mero las regresan
- Está bien, vine a conocer
- Apúntese en el librito y pase

Me fijé que ese día apenas habían ido unas 10 personas. Supongo que luego vendrán más. El lugar está abierto de lunes a domingo de 9 a 5 de la tarde.

Una cosa que yo no sabía es que Mixcoatl fue un chichimeca que luego fue elevado a deidad. Dice una cédula que encabezó un grupo de recolectores y cazadores, y que llegó a la cuenca en el año 900. Luego de su paso por estas tierras, se convirtió en el protector de los cazadores, portador de arcos y flechas.


En 1921, fue el arqueólogo Eduardo Noriega el que se dio cuenta que esto era una pirámide con un poco de estuco y varios cuartos alrededor donde seguramente salían los aztecas a celebrar el ritual de cacería en el mes de Quecholli: preparaban las flechas y las lanzas, y luego se iban a cazar venados. Bueno, eso está mejor explicado en el lugar, pero no les arruinaré la visita.

Por otro lado es increíble que este lugar sea un remanso de paz para los remensos que vamos a visitarla. A un lado pasa el Periférico y a pocas calles está el metro San Antonio y un Soriana. Vayan: ahorita está nuevecitita, los letreros y las cédulas están super bien explicadas y no hay mucha gente. La dirección es Calle Pirámide 7, pero si no ubican, acá les dejo un mapita:




¡Yeeei!