viernes, 28 de julio de 2017

Leekspin: Mega francesita



Estoy atónito ¿Cómo pasó esto sin enterarme? O_o

Leekspin es un meme muy viejo. MUY MUY viejo. Pueden ver uno de los videos originales picando en este link. Dice Know your meme sobre este tema:

“Leekspin”, also known as “Loituma Girl”, is a flash animation loop of a female anime character twirling a stock of spring onion, often referred to as a leek or a negi, while set to the Finnish folk song “Ievan Polkka” (Eva’s Polka). This simple animation and it’s catchy song managed to make a massive impact on the English and Japanese internet during the mid-2000s, spawning many parodies and remixes.




La canción "Ievan Polka" es muy pegajosa, pero pensé que se había quedado allá, en 2006. Hace unos meses la he escuchado afuera de las estaciones del metro en la CDMX. Me extrañó. Luego otra vez en un tianguis y, una vez, en unos XV años. Se lo comenté a mi amigo Jay.

- Está muy raro -le dije- esa canción debió morir hace más de 10 años, pero ahora la combinan con música bailable
- Sepa

Antier iba pasando por la calle de Independencia y alguien la tenía. No supe de dónde venía el sonido. Hoy pregunté en Twitter y me mandaron el video que aparece arriba de este post: se llama "Mega francesita" y tiene ¡más de 50 millones de visitas!

O_o
o_O
WAT!

¿Cómoooo? ¡Pues ni que fuera Shakira! ¡Ya quisieran muchos! ¿Dónde es popular esta canción que se escucha tanto? ¿Dónde la ponen? ¿Quién hizo el remix? Voy a investigar, lo prometo.

martes, 25 de julio de 2017

Spotify está echando a perder la manera en la que escuchamos música


El otro día leía un artículo que hablaba de lo mal que le ha hecho a la música las plataformas como Spotify, en donde puedes escuchar y escuchar ininterrumpidamente canciones de las que no tenías ni idea que existían. De hecho ni te das cuenta que las escuchas, pues se convierten en ruido de fondo. No es la primera vez que sé que hay un detractor de este servicio de streaming.

Hay varias formas de escuchar rolas en Spotify, claro. La más común es atender una de las sugerencias del servicio: "Música para relajarse", "Para salir de fiesta", "El precopeo", por ejemplo. Otra, es armarte una lista y, por default, el servicio te va a poner "canciones relacionadas" para cuando tu lista acabe. El algoritmo pondrá rolas que otros usuarios como tú, han escogido. No falla: si miles de usuarios unen en sus listas a Fey y a Kabah, el algoritmo sabe que son artistas relacionados.

¿Qué es lo terrible en eso? Bueno, en opinión de Benjamín Salcedo, director de la revista Rolling Stone, decía que hoy ya no sabemos ni quién es el autor de una rola, su productor u otros datos de la canción, cosa que antes sí. Un operador de MVS me platicaba que él ya no puede distinguir qué clase de ritmo o de artista es lo que te ponen en las listas, porque todo suena igual.

Jairo Calixto trataba de buscar el otro día datos de una canción y no encontró nada. Nomás el nombre de la rola y su artista. Tampoco es que uno tenga que saber ese tipo de cosas, pero sí está feo que se descarten. Y es que antes uno sabía, por lo menos, qué canciones tenías en tu biblioteca, ya sea porque las compraste o las descargaste. Y antes de eso, porque compraste el CD y te pasabas largas horas viendo la cajita, mientras escuchabas el álbum.

Hoy de eso, nada. ¿Cómo escuchan Spotify ustedes?

lunes, 24 de julio de 2017

Armando: el primer tortero de México



Dice Jorge Ibargüengoitia, en su libro "Instrucciones para vivir en México", de las tortas de Armando:

"La torta de Armando es una creación barroca en la que intervienen aproximadamente 25 elementos —entre los que se cuentan el filo del cuchillo y la habilidad del operador para rebanar la lechuga— en un orden riguroso. Si se altera el orden —por ejemplo, si se pone primero el chipotle y después el queso— o si la calidad de alguno de los elementos falla —que el aguacate sea pagua— lo que se come uno, en vez de ser es torta compuesta, es un desastre."

Armando fue el primer tortero de México y el que le dio nombre, en 1892, a lo que hoy conocemos como torta. Comenzó muy jovencito, afuera de su zaguán en el número 52 de la calle 16 de Septiembre, al lado de la casa de herramientas Boker. Compraba pan francés (conocido como telera) y le quitaba el migajón con gran habilidad. Hay crónicas que narran su precisión con el cuchillo y cómo todos guardaban silencio mientras él iba preparando sus pedidos: tortas de jamón, de queso de puerco, de pierna de cerdo. Las acompañaba de un vaso con agua de chía (otra cosa que él inventó) y que lleva limón y naranja.

Armando pronto se hizo famoso. Todos querían probar sus tortas. Fue entonces cuando se cambió de lugar y nació la primera tortería de México, en el número 38 de la calle Motolinia (antes Espíritu Santo).

Una torta de Armando
Dice Ibargüengoitia que un día Armando fue enviado a una misión diplomática a Francia y que viajó allá con un canasto de aguacates. No sé si eso sea cierto. Lo que es cierto es que la calidad de la torta nunca bajó: Armando preparaba sus chiles en vinagre y hasta los chipotles, que ponía a placer en las mesas. De la calle Motolinia el negocio se cambió a su ubicación actual: la calle de Humboldt, esquina con Reforma. Está escondidita, atrás del hotel Real Cinema, junto a un estacionamiento. Para más señas, está a una calle del Caballote de Reforma.



Hoy, la nieta de Armando lleva el negocio que ya no es solo de tortas. En la acera de enfrente se encuentra un pequeño desayunador y a unos metros un restaurante que lleva el mismo nombre y en donde venden comida corrida. Pero las tortas siguen en su lugar, no son nada caras y tienen los mismos ingredientes desde hace más de 100 años. Una tortita de jamón cuesta 25 pesos, una especial (de Bacalao, Pavo o Pierna) cuesta 40.

Vayan: es un negocio muy pequeño y en las paredes hay muchos recortes de periódico que cuentan la historia del lugar. Y podrán ver más fotos de ese jovencito que, armado con un cuchillo, cambió la gastronomía de nuestro país para siempre.


Parques chilangos


Hace muchos años (exactamente en la década de los 60) el Departamento del Distrito Federal, a través de la Dirección General de Obras Públicas, se dio a la tarea de mejorar los parques y jardines del otrora DF. No sé muy bien quién habrá sido el arquitecto de tal programa, pero lo hizo tan bien que quedó en la memoria de todos los chilangos. Verán:


Puedo imaginar que lo primero que dijo el encargado de este programa, fue:

- Hay que hacer mobiliario urbano que dure y que no se eche a perder
- ¿De qué lo hacemos?
- Pos de cemento, eso va a durar pa' siempre

Y tuvo razón: hoy algunos parques todavía conservan esas sillas y banquitos de cemento. Leo en el blog "Mueble Mexicano" lo siguiente:

"La silla individual es tal vez la más reproducida de todos los diseños de la colección [...]. La silla arranca desde el piso con una base trapezoidal en la que descansan el asiento y el respaldo, ambos repiten las formas trapezoidales, dando al mueble un aspecto prismático y muy geometrizado. El asiento, mucho más grueso que el respaldo, tiene un surco al medio, que funciona como desagüe para que evitar encharcamientos de agua y poder tener una inclinación ergonómica"

Pero eso no acabó ahí: para que los chamacos como yo se divirtieran, hicieron una serie de juegos que estaban muy bien pensados. Por ejemplo...


Esta pirámide con resbaladilla era mi máximo cuando era un chamaquillo traviesillo. Me podía trepar por todos lados y dejarme caer como piedra. Yo creo que va a durar hasta el fin de los tiempos porque no creo que haya nada que la destruya ¿Qué habrá dentro?

Pero hay más. También hicieron toda una serie de animales en cemento que siguen ahí, esperando a que los chamacos se suban a ellos. Había de todo: gorilas, leones, jirafas, elefantes, rinocerontes, cebras. Tenían ese hueco en la parte central donde podías hacerte bolita :0


Y ya en el colmo de la modernidad, se les ocurrió hacer juegos tubulares para que los niños se treparan. A los papás de antes no les daba miedo que los niños se cayeran de cabeza y se descalabraran ¡qué va! Las mamás se ponían a platicar en los banquitos mientras los niños correteaban y se trepaban como changos sin mecate.


Me gusta el diseño del juego de aquí arriba. Es como una cápsula espacial ¡qué moderno!

¿Alguien tiene información de quién hizo estas maravillas? ¿Todavía hay este mobiliario urbano por los parques de su casa?

domingo, 23 de julio de 2017

Frijoles en casa


Hace unos días leía un estudio donde decía que los mexicanos ya NO comemos frijoles. El consumo de frijoles en nuestro país ha bajado más de cinco veces en la última década.

Lo primero que se me ocurre es que es por culpa de la olla express. En los hogares modernos (es decir, de los veinteañeros, treintones o hasta cuarentones) difícilmente hay una olla express en la cocina. Ninguno de mis cuates tiene una: ese aparato del diablo que explota a la menor provocación y que nuestra mamá manejaba como quien tiene una barra de plutonio en las manos, ha salido de nuestras cocinas.

Sin olla express no se pueden hacer frijoles. Bueno, sí se puede, como antes: los dejas en una cazuela a fuego bajito durante 6 o 7 horas. Pero aceptémoslo ¿quién se va a quedar 6 horas en una casa esperando a que se hagan los frijoles? Ni loco ¿Dejarlos en la noche? Capaz de que se apaga el piloto y todos mueren de intoxicación. Es por eso -creo yo- que los mexicanos ya no comemos frijoles.

Aunque se me ocurre otra razón: durante años y años nos metieron en la cabeza que comer frijoles es de pobre y que es mejor comer carne. Tantos y tantos chistes sobre los pobres frijolitos hicieron que ya dejemos de comerlos (¡y tan ricos que son!). Porque eso sí: la única manera que tenemos de comer frijoles son refritos y en paquete (los Isadora salen muy buenos, debo decir). Pero frijoles caldosos, nah. Eso no.

Ave y yo comemos muchos frijoles. Así que les voy a contar cómo cambiamos nuestra manera de cocinar.

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Slow food

Lo primero que hemos hecho es aceptar que la comida de casa es mejor y que hubo un cambio generacional con las mamás y las abuelitas: antes se hacía todo en casa y en ocasiones especiales se comía afuera. Hoy es al revés: los mexicanos comemos fuera entre semana y pocas veces en casa. Esto se debe a que nos convertimos en unos godínez que preferimos unos taquitos de la calle a hacer mole con pollo.

Hay varias razones de este cambio: la situación económica y la falta de tiempo. Hacer un guiso te lleva un buen rato, que podrías estar invirtiendo en ver una película o adelantando trabajo para mañana. No tenemos tiempo para cocinar, así que lo más fácil es echar un bistec al sartén o hacerte una ensaladita con atún. Dicen que nos hemos convertido en la generación que gusta ver programas de cocina frente a la compu, mientras nos comemos una sopa Maruchan. Es cierto. Entre más programas de cocina vemos, menos cocinamos ¿les ha pasado?.

Ave y yo destinamos un tiempo del día a cocinar. Si no podemos hacerlo diario, hacemos provisiones para uno o dos días. El otro secreto es que las recetas las vamos inventando, y si no quedan bien, nos las comemos de todas maneras. Así, hemos hecho caldos, guisados con chile, arroces con todos los ingredientes, curry. Ave hace pan en la mañana, ayer yo hice un strudel de manzana. Le cocinamos a nuestros amigos, vamos a la Merced a comprar ingredientes baratos. Lo curioso es que de tanto que lo hacemos, creo que ahora podríamos cocinar casi a ciegas, cualquier cosa que se nos antoje.

Para los frijoles compramos una "olla boba" (que no es otra cosa más que una olla de cocción lenta), que no explota y que puedes dejar toda la noche sin que pase nada. Ahora, ofrecemos platos calientes de frijoles con pico de gallo a los que llegan a la casa. Invariablemente nuestros amigos dicen "ay, qué ricos frijolitos, hace mucho que no comía así".

Pero hay más.

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Slow life

¿Por qué nos gusta comprar muchas cosas? ¿Qué hay de malo en arreglar lo viejito? Lo he pensado mucho: en algún momento de los 80-90's nos dijeron que arreglar las cosas es de gente pobre. Vamos deshechando lo que está a medio funcionar. No nos gusta ver las cosas parchadas: es mejor lo nuevo. No nos gusta ver la ropa remendada, ni que a la cafetera se le salga el cable.

En esto también tienen que ver las empresas: muchas veces es más fácil comprar una plancha nueva, que conseguir la refacción. Elektra y sus abonos chiquitos le metieron la idea a la gente que se puede renovar con poco dinero (el peor engaño del mundo). Mi papá podía arreglar su vocho él solo: yo no podría ni cambiar una bujía.

Les cuento eso porque hace unos meses nos dimos cuenta que nuestro comedor estaba muy pequeño. Fuimos a ver algunos modelos y había unos carísimos: desde 5 mil hasta 16 mil pesos. Ave me dijo:

- Creo que yo puedo hacer la mesa ¿no te importa?
- No, cómo crees

Y así fue: nuestra mesa no tendrá el mejor diseño del mundo, pero es cómoda y todos caben perfectamente (y con menos de 1000 pesos). Nuestro banco no será de Zara Home, pero la tela para forrarlo nos costó 90 pesos. Hemos puesto lámparas y pintado fierros viejos. A veces Ave compra tela y se hace una falda. Yo le puse una canastilla a mi bicicleta para ir al mandado y vendí mi coche. En vez de llamar al electricista, yo pongo las lámparas.

Poco a poco la casa va quedando a nuestro gusto y nos encanta. Y nos dimos cuenta que entre más tiempo le invertimos a este tipo de cosas, nos alcanza más para trabajar. Si antes gastábamos 3 horas en ir a un restaurante y regresar, hoy en menos de una hora cocinamos algo delicioso del refrigerador.

Creo que nos hemos vuelto hippies U__U