lunes, 25 de enero de 2010

Ética fotográfica

A propósito de la foto tomada a Salvador Cabañas
en la madrugada, con un disparo en la cabeza.



En 1994, un fotógrafo sudanés llamado Kevin Carter tomó una fotografía que le haría ganador del Premio Pulitzer: una niña famélica, a punto de morir de hambre con la cara en el suelo. Atrás de ella, un buitre a la espera. La foto es la que aparece arriba de estas líneas.

Hay una historia detrás de esta imagen: el fotógrafo usó un telefoto, lo que hace que el buitre parezca más cerca de lo que en realidad estaba. Al final, el ave se fue volando, pero la duda queda ¿de haber atacado a la niña, el fotógrafo tendría que haber hecho algo?.

Los fotógrafos se encuentran en la disyuntiva de ayudar y ser simples testigos. Su trabajo es reportear, pero no dejan de ser humanos. Ahora bien, los medios piden fotos cada vez más "espectaculares" y el público pide más sangre y muertos y destripados. Es la verdad: con la desgracia de Haití las fotos que más le dieron vuelta al mundo eran las de las pilas de muertos.

Kevin Carter recibió su Pulitzer y declaró "es la fotografía que más odio de las que he hecho, no aguanto la culpa". Se suicidó dos meses después.

7 comentarios:

  1. En la escuela se ha hablado mucho de la fotografia...

    Ganó el pullitzer, porque es una buena fotografia, pero no la mejor, pero el morbo que conlleva le da muchisimos puntos...

    Igual si el fotografo se hubiese llevado con el a la niña, la historia habria sido otra y no hubiera gandado el pullitzer, quien sabe....

    O igual al jurado le da lo mismo 8 que 80... en fiin

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  2. Pues sí pero no, citando a Helektron:

    "Cuando Carter y Silva llegaron a Ayod, entre infectos pantanales, a unos mil kilómetros del lugar civilizado más cercano, el poblado funcionaba como feed-center, un centro de alimentación de la ONU. Unas 15.000 personas exhaustas que huían de los combates, con grave desnutrición y enfermedades como la malaria, el kala azar (leishmaniasis) o el gusano de Guinea, se concentraban allí y aquello era un verdadero festival de ayuda humanitaria. Silva y Carter, cada uno por su lado, hicieron fotos toda la mañana de aquel espanto. Cuando se reencontraron, Carter le describió la escena y se sentó a llorar: esperó 20 minutos a que el buitre entrase en plano, hizo la foto, espantó al bicho (o no, qué más da) y se marchó.

    Durante el año siguiente, Carter se vio alanceado con dilemas y acusaciones obtusas, cuando no estúpidas, de quienes jamás han pisado un escenario semejante, incapaces de imaginarse una realidad tan atroz como la del sur de Sudán, pero que parecían hacerse cargo del vértigo terrible que expresaba su foto.

    Carter acudió a toda clase de foros para ofrecer su versión de lo sucedido, pero para entonces su vida era un completo desastre. Muchos años antes había intentado suicidarse, fumaba White Pipe, una mezcla de marihuana, mandrax y barbitúricos, tenía graves problemas familiares y una personalidad desordenada, perdía sus carretes de fotos en aviones y aeropuertos, arrastraba depresiones, llevaba una vida caótica y tenía acumuladas experiencias trágicas como para colapsar las consultas de varios psicoanalistas.

    Por si fuera poco, el 18 de abril de 1994, Carter dejó a su amigo Oosterbroek y demás bang-bang de guardia en un suburbio de Johanesburgo y se marchó a conceder una entrevista a un colega, pues seis días antes le habían comunicado la concesión del Pulitzer por la foto de la niña y el buitre. En la radio del coche escuchó que Oosterbroek y Marinovich habían sido heridos en una refriega nada más irse él. Voló hacia el hospital, pero Oosterbroek había fallecido.

    En fin, ¿qué otra cosa pudo haber hecho Carter por la niña? ¿Espantar al buitre? Al parecer, lo hizo, aunque los buitres (los hay a montones) habrían vuelto de todos modos. ¿Llevarla consigo? Bien, ¿adónde?, porque parece que nuestra conciencia acomplejada pretende imaginar que esa criatura yace en un páramo hacia ninguna parte. No es cierto. Esa criatura, reventada por el hambre y por las diarreas, que a los niños allí les desvencija el ano y les hace colgar una tripa larga pierna abajo, está a unos 20 metros de la puerta del poblado, junto a la empalizada de paja que rodea el feed-center y rodeada de gente que deambula a su alrededor. Nadie la ha llevado hasta allí. Simplemente, esa niña se ha sentado a defecar.

    Tres meses después de la muerte de su amigo Oosterbroek, a finales de julio de 1994, Carter recogió su Pulitzer y el día 27, a la vuelta, anotó en un papel que dejó en el asiento del copiloto: «He llegado a un punto en que el sufrimiento de la vida anula la alegría… Estoy perseguido por recuerdos vívidos de muertos, de cadáveres, rabia y dolor. Y estoy perseguido por la pérdida de mi amigo Ken…». El dióxido de carbono de su vieja furgoneta puso el resto"

    La entrada completa esta en http://helektron.com/la-verdadera-historia-del-premio-pulitzer-que-gano-kevin-carter/

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  3. Gracias a Bardruck ahora entiendo mas la historia. Mi maestra de Ética nos menciono la fotografía, pero se ve que no tenía ni idea de lo que se trataba, ya que ni siquiera nos pudo dar el nombre del fotógrafo.

    Y cuando me toco dar mi exposición de calentamiento global y tratar de dar mi punto de vista respecto a Carter me tomaron como idiota y deshumanizada cuando dije: “¿Pero era realmente su responsabilidad salvarla? ¿Podía salvarla o hacer algo por ella, en verdad?”

    Es interesante como para alguien todo puede ser blanco o negro, pero creo que en este caso había muchos matices de gris y no sabremos realmente lo que pasó por su cabeza.

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  4. Si, como dices hay muchos tonos de gris y bueno, es fácil juzgar cuando no estamos ahí y todos lo hacemos por eso hay que estar informados y lo que deconocemos buscarlo, sin prejuicios, gracias a tí por compartir esto.

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  5. Pues a mi lo que me gusta es que Barduck se haya tomado el tiempo de poner ese comentario ¡gracias, man!

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  6. Yo he leído que Carter se insensibilizo mucho cuando fotografía un encuentro armado, (no se exactamente cual. Aprendió que si eres fotógrafo no eres mas que un espectador, y tu deber es transmitir a traves de tu lente cosas de las que la gente que vive a kilómetros de distancia no tiene idea.
    Adémas yo creo que mas que el morbo, si es una foto impactante. La posición de la niña, los colores, la verdad que reprensenta. Creo que si merecía el premio, aunque finalmente fue su condena.

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