jueves, 15 de julio de 2010

Turismo de Ocasión


Hay varias formas de saber que alguien es turista aunque trate de disimularlo. La primera es su aspecto. Nadie anda de bermudas en plena ciudad: no sé de donde viene esa idea de que cualquier otro lugar es más caluroso que nuestro lugar de origen. La segunda es observando lo que carga: una cámara indica un turista prevenido, ávido de llevar fotos a su lugar de origen, tan solo para decir "miren a donde fui". También puede cargar un repelente de moscos, unos lentes oscuros o mejor aún: su dinero en una botellita colgada del cuello.

Pero la manera más fácil de saber que la persona que está uno viendo es turista es observándolo a la hora de comer. Aquí hay dos opciones: que lo que escoja sea un platillo del lugar bajo el pretexto de "uno debe de comer lo típico" o que pida algo que come rutinariamente en su casa porque "extraña el sabor".

Déjenme ejemplificar: un día estaba yo en Morelia acompañado de una amiga lugareña. Yo -como buen turista- pedí unos "uchepos" que en mi vida había visto y que resultaron unos sabrosos panecillos de maíz. En cambio, en la mesa de junto, una señora -turista también y sospecho que pertenecía a la misma ciudad que yo- pedía un platillo que estoy seguro debió de haber comido unas dos mil veces en su vida: enchiladas suizas.

En lo que nos traían nuestros uchepos pude ver cómo esa señora tenía dudas sobre lo que iba a pedir, preguntaba a su amiga cómo las servían en ese lugar, preguntaba al mesero si estaban picosas, preguntó a su amiga si las había probado y -después de bastante tiempo- se decidió a ordenarlas. En cuanto llegó su plato comenzó un discurso que se oía a cuatro mesas a la redonda en el que explicaba con lujo de detalles cómo es que se debían preparar las enchiladas y como aquello que tenía en el plato no eran enchiladas, sino otra cosa totalmente diferente.

Repitió al mesero el mismo discurso y éste le explicó que así era la manera en la que las servían en Morelia. Empezaba a recitar su discurso por tercera vez cuando mi amiga y yo nos fuimos del restaurante. ¿Qué caso tiene -pensé después- pedir un platillo conocido? Ninguna ventaja y en cambio bastantes desventajas, pues uno siempre va a comparar lo que le sirven con lo que conoce.

Yo por eso prefiero ser como la primera clase de turistas: pido algo nuevo para que por lo menos tenga la sorpresa de descubrir una cosa rara en el plato. Aunque después haya que correr al baño, claro.

4 comentarios:

  1. Pues en algo te equivocas, en lugares calurosos como algunas ciudades de Veracruz, llámese Álamo, Tuxpan (o Tuxpam), Cerro Azul o Poza Rica, si te puedes encontrar nativos en bermuda, sandalias y lentes oscuros; claro que la cámara siempre esta asociada a los turistas. O reporteros. O paparazzis. O vouyeristas. Y con eso de los teléfonos celulares con cámara, ya la disimulan mejor

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  2. de acuerdísimo contigo Memo, hay que consumir los platillos típicos del lugar, digo, sino que chiste...Yo de niña siempre quise una botella para guardar mis monedas T_T... son como desodorantes ¿no?

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  3. Sip cintya, son como desodorantes :P

    Ah, mi anónimo, tienes razón. Pensaba en mi ciudad de México, que es chinampa en un lago escondido: aquí nadie anda de bermudas para ir al trabajo, por ejemplo.

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  4. Aaah, los uchepos son riquìimos! probaste las corundas tambièn? y los gazpachos!

    Ah, còmo se me antoja ir a Morelia de nuevo...


    Saludos Enfermos.

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