viernes, 11 de mayo de 2012

El Rey en su trono


El Rey levanta su cucharón, recibe la orden, toma dos tortillas y las rellena de guisados tan épicos que los hombres de diferentes reinos vienen a comprobar si es verdad lo que las leyendas cuentan. Él sabe que tiene a todos comiendo de la mano, pero ni así pierde la humildad y reparte alegría a los comensales que hacen fila y se amontonan para obtener un poco de su generosidad. Uno recibe un plato lleno de huevo guisado tan picoso que te hace llorar de alegría, cochinita pibil, chicharrón guisado o la milenaria costilla entomatada que hasta hace olvidar a los hombres que visten traje que están parados en la banqueta que une a la calle de Morelos y Abraham González, en la colonia centro, de la Ciudad de México.

El Güero, le dicen. Su nombre real no lo sabe ninguno de los presentes: tal vez su corte de ayudantes que se apresuran a recibir el tributo, ofreciendo bebidas y corriendo de un lado a otro del pequeño lugar. El Rey no toca el dinero: para eso tiene a sus pajes.

Uno no puede evitar sonreír en cada plato que te da: son fantásticos. Apenas se le termina algún ingrediente, cosa que pasa frecuentemente, y uno de sus consejeros corre y se lo cambia. El Rey rasca las charolas cuando uno lo mira con ojos de suplicio diciendo "¿ya no hay huevo con jamón?" y te dice con grandilocuencia "ya no hay, ven mañana". Y se pone triste de no tener más.

En ese pequeño reino, el Güero es el Rey. Y lo sabe. No he encontrado un lugar que haga a tanta gente feliz en las mañanas. Un reino en el que él da sustento y los demás lo pagamos con gusto. Cuando nos vamos le agradecemos y él te pone una sonrisa de oreja a oreja. Una chingonería.

3 comentarios:

  1. Cabrón. Se me hizo agua la boca.

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  2. LARGA VIDA AL REY...
    Yo quiero de cochinita pibil....

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