jueves, 27 de diciembre de 2012

Turistas playeros




Estoy de vacaciones, tumbado en la playa con un wisky en la mano. Veo a un niño que es revolcado una y otra vez por las olas del mar: apenas se levanta y grita "¡mira mamáaaaghhh brllp brllp brrlp! ¡Mira mamáaaaghrrblllp!". Su mamá (una señora entrada en carnes) sostiene una cámara de video y graba los felices momentos.

Pienso: nunca me he sentido turista en la playa.

Más allá veo a unas chicas que se hacen trencitas, al señor que avanza de espaldas adentrándose en el mar esperando a que llegue una ola que le golpée la espalda y a unos niños que flotan agarrados de una tabla. Pido otro wisky: tomar wisky en una palapa me da cierto caché, ni modo que pida una cerveza como todos.

Un costeño me ofrece un viaje en "parachute": me señala lo contenta que se ve la gente que compra su tour, pero yo sólo veo a mujeres aterradas que son arrastradas diez metros antes de emprender el gracioso vuelo. Pienso que tengo que obligar a mi sobrino alguna vez a que se suba a una cosa de esas.

Un grupo de amigos está jugando volleyball a veinte metros de mí, pero no dan una y la mitad del tiempo se la pasan yendo a recoger la bola que se les va inevitablemente al mar.

En las bocinas locales suena música de playa: o sea, canciones como "se la llevó el tiburón, el tiburón" o "cuando calienta el sol aquí en la playa". No la soporto, pero la acepto porque sé que es parte del folclor. Por cierto, quince metros más allá hay una chica que se metió con un iPad a tomarse fotos mientras se moja los pies en el mar; eso no es tener respeto por Steve Jobs.

Pido otro wisky. Tomar wisky en las rocas no es una buena opción porque el hielo se deshace muy rápido, pero me resisto a pedir una Coronita.

Una de las ventajas que da la edad es que todo te vale madres. Por lo menos en mi caso: me asoleo con mi panza de fuera aunque sé que parezco un fantasma deforme. Hay chicos que tratan de parecer más musculosos y aguantan el aire para sacar el pecho mientras pasan unas nenorras en bikini: yo de plano hasta enseño mi enorme cicatriz que me recorre medio abdomen, recuerdo de la guerra de Vietnam (ajáaaaa).

Pero a final de cuentas no importa que no pertenezca aquí: no hay una cosa que me guste más que el mar y su olor salitroso, así que dejo mi iPad a un lado, me acomodo mi traje de baño de abuelito y me lanzo a nadar hasta que se me cansen los brazos o me coma un escualo, lo que ocurra primero. Se lo comió el tiburón, el tiburón.

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