martes, 19 de febrero de 2013

El giro

por Ave Barrera


Natalia siempre había querido ser bailarina de ballet. Sin embargo, era incapaz de sostenerse en puntas y la única línea que ostentaba su cuerpo tosco era la curva de una prominente barriga. Al lado de sus compañeras del colegio se sentía como una roca en el fondo del mar. Para mitigar en poco el anhelo de su hija, el padre de Natalia le regaló una delicada cajita musical. Fascinada con su regalo, ella se pasaba las horas viendo a la bailarina girar sobre el espejo y aunque la música se repitiera, no se cansaba de escucharla una y otra vez.

La magia sobrevino una noche en que dio demasiada cuerda a la cajita y algo en el mecanismo hizo crack. Abrió la tapa temiendo lo peor. La música no sonaba. En lugar de eso salió del interior un resplandor de luciérnaga. La bailarina tumbada sobre el espejo, parecía volver de un profundo sueño. Pronto se hicieron amigas. Natalia le contó su deseo bailar ballet y la muñeca dijo que podía ayudarla. Todo lo que debía hacer era poner dentro un mechón de su cabello. Natalia lo hizo. Cerró la tapa de la cajita y se fue a dormir, más ilusionada que nunca.

Al despertar por la mañana Natalia se percató de que le era imposible mover los pies. Tenía frío, el tutú no la cubría nada y le hormigueaban los brazos en alzados alto. Los muros que la rodeaban eran de terciopelo acolchado color escarlata. Comprendió lo que ocurría antes de ver abrirse la tapa y descubrir que era ella misma, pero con una mirada distinta, quien activaba la cuerda. Natalia empezó a girar y girar llevada por el imán pegado a sus pies. Estaba mareada, tenía acalambradas las piernas y esa música… esa música que no acababa nunca… Era domingo. Natalia escuchó que su madre la llamaba desde la cocina para desayunar. La otra, la impostora, cerró la tapa de la cajita musical y bajó a toda prisa las escaleras.

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Publicado en Penumbria

Ave Barrera

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