jueves, 21 de febrero de 2013

Se adulteran bebidas

La semana pasada fui a comer con un investigador del Instituto, que se llama Roberto, que tiene como 80 años (en serio). Viejito bonachón y lleno de anécdotas, me contó cómo se vivió la Segunda Guerra Mundial en México. Es así:

Cuando Roberto era niño, su familia tenía una gran casa y un sótano enorme lleno de botellas de vinos y licores. Su familia era dueña de muchas cantinas de la ciudad y ellos vivían relativamente bien.

Cuando la guerra llevaba ya varios años, las cosas comenzaron a escasear. Me dice que hubo un momento en el que en toda la ciudad había sólo dos salchichonerías decentes y las demás vendían cosas menores. De licores ni hablar: los pocos que llegaban eran de Cuba (Ron Bacardí y párenle de contar) y que de España o Francia no llegaba nadita de nada. Las cantinas se quedaban sin tragos para los parroquianos.

Su mamá de Roberto -señora elegante, pero muy práctica- decidió hacer una cosa muy graciosa: experimentaba en el sótano de su casa con frutas y alcoholes baratos para imitar el sabor de los licores a los que estaba acostumbrada la gente. Así, descubrió que el Terry se puede sustituir con Bacardí blanco, ciruelas y especias. El vino fulanito, con nuez moscada. La ginebra, dejando macerar naranjas.

Roberto me cuenta que el sótano de su casa parecía laboratorio de pruebas. Cuando toda la familia quedaba convencida de que el sabor era indistinguible del original, llenaban las botellas vacías y les echaban polvo para que pareciera que llevaban años en las bodegas.

Llegaban los invitados de doña Roberta:

- Ay doña Roberta, con esta guerra y sin licores ¿a dónde vamos a parar?
- Oiga señor Zutano ¿no se le antoja un Torres?
- ¡NOOOOO! ¿Tiene un Torres en su casa?
- Claro: a ver Robertito, tráete una botella del sótano para los señores
- Noooooo ¿cómo cree que una botella? Sólo una probadita
- Nada qué, para mis invitados lo mejor

Todos iban a casa de doña Roberta a pasar las tardes porque era la única que tenía bebidas que no se podían conseguir. Ella -generosa- hasta les regalaba los sobrantes ;D

Cuando acabó la guerra Doña Roberta fue una mujer popular y todos le debían favores. Ganó más dinero que nunca.

Dice mi amigo Roberto que el colmo fue cuando de verdad llegaron los licores originales y la gente decía:

- La guerra cambió el sabor de las bebidas: antes salían más buenas... como las que tenía en la bodega, Doña Roberta

Jajajaja. Toing.


5 comentarios:

  1. Wow, qué buena historia. Mis respetos por el ingenio y la dedicación de doña Roberta. ¡Aplausos!

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  2. Sería bueno que don Roberto rolara las recetas, así mi alcoholismo se convertiría en auto-sustentable.


    Saludos Enfermos.

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  3. La huapilla para que de sabor a Tonayán.

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  4. Me gustó el relato.

    En todo se puede hacer negocio, con el suficiente ingenio.

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