viernes, 2 de enero de 2015

Al otro lado del río


Pasé mis últimos días de vacaciones junto al río de El Fuerte, viendo cómo el agua hace remolinos. Calculando el momento en el que el sol casi se ocultaba en el horizonte para ir a echarle un vistazo. Dejándome picotear por moscos y apapachando a los perros callejeros.

Esas son cosas que un citadino no disfruta, oigan. Sobre todo en la Ciudad de México donde todo es puro estrés, puro estrés. La gente de allá se preocupa si ya se puso el puesto de carne asada o si ya es hora de echarse una Tecate. Las cantinas del noroeste son más parecidas a una pelea de vagos en la que los borrachos me pedían de mis cigarros y me hacían una seña de "sí mi general".

Anécdota rara: unos borrachos me adoptaron de "patrón" porque les invité unas cervezas de 13 pesos. Cuando una mesera se me acercó la corrieron: "esh el patrón, déjalooo".

Conocí mucha gente y platiqué con todo el que se dejó: me enteré que la dueña del bar local tiene sueños de venir al DF. Que el Zorro es de Sinaloa. Conocí a un buen chico de Washington que hoy vive en Colombia y me invitó a su casa. Casualmente -y sin saber- me hice cuate de un diplomático alemán.

Y conocí gente queridísima, que espero se quede conmigo siempre. Pero esas son cosas personales.

Pura tortilla de harina y puro amor: ya no me cerraban los pantalones. Tres días más y de regreso a la capital. Adiós Sinaloa querida, apenas te conocí y ya no te quiero dejar.

La vida es eso que ocurre cuando no te estás preocupando del trabajo. Y créanme que esos días son como oro molido.

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