miércoles, 20 de abril de 2016

El Rodeo


Hace unos años publicamos en Milenio Semanal la galería fotográfica de una tribu urbana que me llamó mucho la atención. Eran los "Mazahuacholoskatopunks" como los define Federico Gama, fotógrafo que proporcionó el material.

Durante mucho tiempo estuve pensando en eso, pero no sabía cómo entrarle al tema sin sonar clasista o mala onda. Es así: generalmente las chicas de limpieza que ayudan en las casas y que son de planta (es decir, que ayudan en casa todo el día) solo tienen el domingo como día libre. Esto es un hecho. Es su único día que tienen para divertirse o ligar.

Ellas vienen de lugares como Puebla, Hidalgo o Morelos. Al mismo tiempo los chavos de la misma edad (es decir, alrededor de los 20 años)  y que vienen de los mismos sitios trabajan en la industria de la construcción. Albañiles, pues.

Uno debería quitarse los prejuicios y hablar de esto abiertamente. No hay nada malo en ello y tal vez es una autocensura. Bueno, pues el punto de reunión de estas parejas en la Alameda y de ahí ¿a dónde se van?

Encontré el lugar: es un salón de baile muy cerca del metro Juárez. Me metí para ver cómo es este asunto. Pueden leer la crónica en Chilango, o seguir leyendo aquí para el detrás de cámaras.

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Ya le había echado un ojo a este lugar por dos cosas:

a) de ahí sale música sonidera estruendosa
b) en la calle hay muchos chavos queriendo entrar y que indican que algo interesante pasa adentro

Pero desde afuera no se ve nada de lo que ocurre ahí porque hay cortinas que no dejan asomarse. Así que utilicé mi mejor arma: la cara de turista que tengo.

Llegué con una camisa a cuadros y pantalones rotos, y -poniendo mi cara más mensa- le dije al de la entrada:
- ¿Y aquí qué es, oiga?
- Un salón de baile
- Ahhhh ¿y puedo pasar?

Me barrió de arriba a abajo
- Sí, pero son 100 pesos de cover
- Aquí traigo

Abrí mi cartera y dejé ver uno de a 200.
- Pos pásale

Adentro, me comporté lo más pendejo posible: supuse que en ese lugar estaría muy precavidos de que no se les vaya a meter un policía. Estuve revisando algunas noticias y sé que les han clausurado varias veces porque no hay medidas de seguridad: un News Divine en potencia.

Iba de un lado a otro, como turista, hasta que un tipo alto y pelón me dijo:
- ¿Qué buscas hermano?
- ¿Venden cerveza?
- Sí, allá
- ¡Ah gracias!

Pedí una Corona.

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En este lugar me pasó algo similar a la cantina clandestina a la que fui: te sientes extraño en tu tierra. La mayoría de los chavos que van son jóvenes de no más de 20 años que van a ligar. Las chavas están de un lado, los morros del otro echándose miradas insinuadoras. Las chicas ven su cel o platican con sus compañeras. Bailan entre ellas o hasta que alguien se anime a sacarlas. Lo que nunca vi es que una chava sacara a bailar a un chavo: eso no.

Es lo que yo llamo, el círculo de la pobreza: tienes poco y te lo quitan. El cover de 100 pesos se me hace carísimo (¿cuánto ganarán por día?). La paquetería 15 pesos y dejas propina aparte. La chela a 40 pesotes (en la cantina a la que voy sale a 35, en la lucha libre te dan de a dos por 70). Pase al baño, 5 pesos.

Hay varios chavos que están vigilando a los extraños. Yo por supuesto. Al principio se me pegaban y decidí hacer lo contrario: pegarme a ellos para que se alejaran.

Saqué mi cel para tomar dos fotos para mi crónica. Desde arriba, un tipo mayor empezó a chiflar para que me echaran un ojo. Afortunadamente ya me había puesto de acuerdo con alguien para hacer mi numerito vía messenger. Como tenía a dos tipos atrás de mí, saqué la foto y comencé a mandar corazoncitos y emoticones de amor.

Una chica que vendía cacahuates y toallas femeninas se me quedó viendo:

- Ya se enojó mi novia porque ando acá
- Tssss
- Ni modo

Saqué a bailar a una gordita. Supuse que no me iba a hacer el feo. Dudó un poco de que yo supiera bailar, pero no contaba con que aprendí cumbia en Iztapalapa ;D

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Ya sin la mirada de los vigilantes encima, pedí otra chela y me aplasté con uno de los chavillos. Le disparé una cerveza pa' que no desconfiara.

- Está chido aquí
- Sí, a huevo, vengo cada domingo
- Esta es la primera vez que vengo
- Pos está re papita: invítale una chela a las morritas de allá, ira, se te quedan viendo
- Ja ja ja
- A huevo, si quieres te digo donde hay hotel baras, cerca
- Neeeeel, se enoja mi chava
- ¿Y quién le va a decir? Órale, no seas puto
- ¿Hay hoteles cerca?
- Acá adelante hay uno, está barato y está chingón. Acá uno siempre sale con vieja
- ¿No se aprietan?
- Nel, si a eso vienen, les gusta la riata
- A ver, saco a la morra, te encargo mi chela
- Vas

Saqué a una morrita, pero no habló nada. Quería indagar a qué iba a ese lugar, pero nada. Eso sí, bailaba muy bien y eso me puso a pensar que solo iba a la pista a lucirse. Regresé pero ya no estaba el morro, ni mi chela a la mitad. Lo esperaba.

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Una cosa que no comenté en Chilango, pero sí a mi editor, es que la venta de chela es libre. Dudé un poco en mencionar eso.

Mi dilema moral es que sí, en efecto, vender alcohol sin restricción es ilegal. Por otro lado, se la pasan muy bien. Realmente bien. Y entiendo ese asunto de no tener más que esa oportunidad de ser libres -en apariencia- y esperar con ansia el siguiente domingo para conocer chavos que de otra manera no se podría.

Al final, entre mi editor y yo decidimos dejar esto a la interpretación. No nos corresponde ser jueces en esto. Sobre todo porque en teoría, la Ciudad de México es tolerante en todas las manifestaciones. Si van a bailar quebradita, bien. Si hay gente que se la pasa de la chingada, cargando ladrillos toda la semana, para ir a divertirse unas horas, me parece que es justo.

Y dentro de todo, estuve muy a gusto sin que nadie me molestara (ninguno de los asistentes, debo decir). Agarré mis cosas y me regresé a casa.

5 comentarios:

  1. Justamente estaba esperando que pusieras el detrás de cámaras. Se ve re interesante el lugar.

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  2. Me recuerda vagamente el cuento de Carlos Fuentes, El hijo de Andrés Aparicio, ese lugar de desfogue donde los jóvenes de una marginada sociedad se reunen libremente, claro que ahí es más oscurito y se va, a lo que se va, ¡ay la Martincita!

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