martes, 19 de julio de 2016

Perros de ojos tristes


Al parecer Don Chacho es toda una leyenda por acá.

El taxista que me llevó en Los Mochis me platicaba de su tío que tuvo 67 hijos. Don Chacho se llamaba, según me dijo un tipo en una cantina "Era feo con ganas, pero tuvo muchos negocios de ropa, y le gustaban las viejas, así que tuvo por montones". ¿Ya se murió?, pregunté. "Ya se murió, hace poco, se murió en El Fuerte, ya estaba muy viejo y le fue infiel hasta a su última esposa", me dijo entre risas.

Un hombre entra a vender quesos. Luego otro a vender garapiñados a cinco pesos.

***

Todo aquí es carne asada: carne asada en tacos, de a 13 pesos, con cebollas y chiles. Difícil para mí, que no como carne. Fui al mercado a buscar unas tortillas y aguacates, de a 40 pesos el kilo "Están caros y feos, mi'jo" me dijo la que atiende "llévate unos frijolitos con puerco, mejor".

Compro dos aguacates, tortillas, un bote de salsa y me voy a comer al río.

El Río Fuerte está lleno de vida. Desde la orilla se pueden ver las lobinas que a veces saltan. Vacas del otro lado que pastan tranquilas. Muchos pájaros. Unos niños saltan cerca de un lugar que se llama La Galera y nadan para quitarse el calor. Caminando por la orilla se pueden ver varias parejas de adolescentes que se refugian debajo de los árboles, abrazados por la cintura.

Me acomodo abajo de un arbolito y parto mi aguacate para hacerme unos tacos. Un perro flaco de color café se me acerca y se echa junto a mí. Le doy tortillas, que come con avidez: me pregunto hace cuánto no come bien. Le acaricio la cabeza y se queda conmigo.

Al poco rato llega otro perro, más pequeño, de color negro y con las costillas marcadas. Le ofrezco un pedazo de tortilla. Me mira con desconfianza y me ladra. Estiro mi mano y se echa para atrás: supongo que está receloso por los malos tratos. Me cuesta como 10 minutos hacer que se acerque y que coma un pedazo. Luego, se acuesta junto a mí. Los tres comemos tortillas. Les doy agua de mi botella.

El agua del río se mueve con tranquilidad. El tiempo no pasa en este lugar.

Guardo las tortillas que sobran en mi mochila y camino por la ribera. Los perros van detrás de mí y a veces se adelantan, pero me esperan en alguna sombrita. Les doy pedacitos de tortilla y ladran. El cielo se nubla de repente y suelta una llovizna, que con el calor de más de 35 primero se agradece, pero que al pasar 10 minutos convierte el lugar en una olla de vapor. Los perros se van corriendo.

Ya es hora de regresar.

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