martes, 16 de agosto de 2016

Pequeño viaje a las Lagunas de Zempoala


Teo se trepó al auto pensando -supongo yo desde su mente perruna- que íbamos a dar un paseo al parque. Pero cuando vio que avanzábamos y avanzábamos y que ese viaje no paraba, se echó en el asiento trasero y se puso a dormir. A veces se despunaba, porque ya se empieza a poner viejito.

Dos horas después y luego de una pequeña desviación no programada, bajamos por un camino angosto hasta la entrada de las Lagunas de Zempoala, un parque nacional protegido en el estado de Morelos. El plan era hacer picnic: café, lonchecitos, una botella de vino. Tostitos y hummus. Si nos agarraba un apocalipsis zombie en ese lugar, había comida como para cuatro días.

Teo saltó del auto y corrió al pasto, que estaba anegado. No le importó: metía sus patas en el lodo y saltaba de nuevo. Corría e iba de acá para allá como diciendo "¿solo yo voy a correr?". Diez minutos después ya hacía sonidos como de puerquito porque se moría de sed: le puse su plato con agua. Un lonchecito pequeño para agarrar fuerzas y de ahí, al bosque que rodea a la Laguna principal. Es hermoso.


Teo se llenaba los bigotes de huizapoles que eran difíciles de quitar. Apenas quedaba libre de ellos, cuando se metía de nuevo a los matorrales y salía con nuevas plantitas agarradas a su pelambrero. En una parte del camino había un puente estrecho, como de 40 cm de ancho que él recorrió sin dudar. Todo lo olisqueaba y corría de un lado a otro. En las laderas se subía como cabra y metía los bigotes en el río.

Dos horas después encontramos un claro, perfecto para un mantel: saqué una mezcla de cebolla con cilantro, abrí dos aguacates y en dos minutos ya estaba listo el guacamole. Teo se acomodó a un lado y se echó a dormir. Cuando alguien se acercaba -ya fuera de paso o porque quería sentarse cerca- Teo levantaba las orejas y ladraba hasta que se iba:

- Qué buena idea tener un perro en un picnic O_o



Zempoala es un lugar tranquilo y relajante. El agua va y viene cadenciosamente. Es sencillo dormir o tumbarse a leer. Comerse una ciruela y volver a tumbarse. Las horas se van rápidamente y cuando volteas a ver el reloj ya son las 3 de la tarde. De la botella de vino: olvídenlo, ni un suspiro. Teo olisqueaba su plato de croquetas y después se acurrucaba encima de uno. Es un amor de perro.

Dicen que ese lugar es peligroso para acampar. Días antes busqué información en internet y muchos se quejan de la inseguridad de la zona. Lo cierto es que en domingo es sumamente tranquilo y lo más molesto que puedes encontrarte es a la familia que juega futbol y se llena la nacha de lodo, o niños que saltan sobre el tío que está acostado. O a los bikers, que son Godínez entre semana y que los domingos sacan su moto para lucirse y echar quesadillas de chicharrón.


De regreso Teo le ladraba a los caballos -supongo que pensaba que eran como perrotes- y el temor era que le fueran a soltar una patada: no pasó. Nomás los veía desde lejos. A las 4 de la tarde nos regresamos al auto para que no nos fuera a agarrar el tráfico en la caseta.

- Vámonos
- Vámonos pues
- ¿Nos vamos, Teo?

De regreso fue un roncadero en el auto mientras en el retrovisor veía cómo quedaba atrás el bosque que le había dado a mi vida uno de los mejores días.

3 comentarios:

  1. Qué divertida debió darse Teo.
    ¡Nuevas ropas en tu blog!
    Saludos.

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  2. Que bueno que volviste hablar sobre teo, espero que se repita más seguido

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  3. Que bueno que volviste hablar sobre teo, espero que se repita más seguido

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