lunes, 17 de octubre de 2016

Doña Carmen

Este fin de semana estuve en el funeral de una señora muy querida para mí: Doña Carmen. Mujerón que se fue en Guadalajara. Ya estaba muy viejita (MUY viejita) pero siempre lúcida y platicadora.

Doña Carmen tuvo muchos hijos: maestra rural, era corriosa, muy fuerte y muy sabia. Además siempre estaba de buen humor: cuando la subían a la ambulancia hacía los dedos como de "amor y paz, hijines". Sus hijos la cuidaron con amor y respeto. Todos le salieron disparejos: el que no fue abogado fue escultor. El que no fue mecánico, se fue a vivir a otro lado. Alguna hija se le murió y las que quedaron son lindísimas. Además se llenó de nietos: todos la adoraban.

Llegué tarde al velorio porque me fui manejando: según me dicen en la noche esto parecía estación del metro. Llegó tanta gente que parecía romería.

Sin embargo, a pesar de que eso puede sonar muy triste, el velorio estuvo animado. Los hijos llevaron frutas, yo llevé tamales y chilaquiles. De recordar anécdotas de Doña Carmen, todos soltaban las carcajadas durante la madrugada.

Después se la llevaron al panteón y ahí la cremaron. Adiós Carmencita.

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Lo que sucedió después fue como de libro de Ibargüengoitia. Al otro día de la cremación los hijos y los nietos decidieron desayunar todos juntos, cosa que según me cuentan, no había pasado nunca. Con ese milagro casi se hace santa.

Todos estábamos en un restaurante de Guadalajara, echando taco y café. Alguien dijo "pos vámonos a Chapala de día de campo". Ahí vamos todos: en varios carros los hijos y los nietos (y los colados) enfilamos rumbo a Ajijic. Allá nos acomodamos en una mesita y compramos caguamas en honor de la abuela. Muchas papitas, charales, botana y una botella de mezcal. Las nietas que no se habían reunido en años se fueron a platicar. Los tíos payaseaban. Yo traía un papalote en la cajuela (no me pregunten) y algunos intentaron echarlo a volar.

Otro por allá se durmió y los perros corrían a su alrededor. Una más se trepó a un árbol. En la tarde a caminar por el malecón y a bailar con un chico que se acercó con una guitarra. Fue la pura diversión.

Y así se fue doña Carmen, como supongo yo, habría querido: toda su familia reunida, echando chistes y gritando incoherencias. Estuvo magnífico :)

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