lunes, 21 de noviembre de 2016

Ensayo sobre el traje



Dicen las revistas dedicadas a la moda masculina, que en el guardarropa de los hombres no debe faltar un traje. De hecho, recomiendan, debe ser de buena tela y eso que los americanos llaman tailor made, es decir, hecho a la medida.

Nunca he tenido un traje tailor made.

Hacen otras recomendaciones: los colores deben ser gris oxford, azul marino o el negro infalible. Nunca comprar un traje café, pues denota mediocridad. A mi mente viene un burócrata con saco y pantalón café, lustrosos de tanto planchar, y camisa color mostaza. Mi imagen mental asocia también una corbata de grecas y lentes oscuros: ahí está el perfecto político corrupto.

Nunca he tenido un traje café. Un saco café sí, pero siempre lo usé con pantalón negro.

Un traje debe de ser de buena tela, que en el imaginario masculino puede ser tela gruesa, tela delgada, tela afelpada, tela dura o tela de pana. Nunca he sabido lo que es "buena tela". Que tenga buena caída, recomiendan. También hay que cuidar otros aspectos: debe de ceñirse bien al cuerpo o se corre el riesgo de que un gracioso te vea y diga "el muerto era más grande", lo cual es una humillación terrible; esto es, que eres tan pobre que tu traje lo agarraste de las pertenencias de un difunto -y todos sabemos que lo peor que puedes hacer es agarrar las prendas de un muertito, ya que corres el riesgo de que te jale las patas en la noche.

Yo nunca he heredado cosas de un muerto. Solo de mi abuelo, pero eran cosas bonitas como monedas, sus lentes de aviador o fotos.

A los niños ricos los visten de traje desde que son muy pequeños. Se ven muy graciosos, con sus solapitas, su corbatita y sus zapatitos lustrosos. Como un Ricky Ricón. En cambio, la gente como yo se compra su primer traje en la adolescencia, cuando llega una fiesta importante (como los quince años de la prima o la graduación de la preparatoria) y después de ese día el vestuario se queda arrumbado en el fondo del clóset, cubierto por un plástico de tintorería, hasta la siguiente celebración. La ironía es que a esa edad el cuerpo se desenrolla y la siguiente vez que tratas de usar tu traje te queda corto. Tu mamá tiene que bajarle la valenciana y quedan esas marcas inconfundibles en la parte de abajo del pantalón, que indican que fue modificado. Esas marcas no se quitan ni con catorce planchadas.

El traje debe de ajustar en los hombros, nunca debe estar caído. Las mangas deben llegar a la altura del hueso de la muñeca, para que se asome la camisa. El pantalón debe de alcanzar apenas el tacón del zapato. También debe uno probárselo cerrando los botones, abriéndolos, cruzando los brazos y alzándolos. Debe sentirse cómodo. Demasiadas condicionantes.

Llevar el traje es un ritual. Si uno se para, hay que cerrar los botones. Si te sientas, lo desabotonas. Además debe de combinar con la camisa y la corbata, aunque eso requiere un ensayo aparte. De ser posible -y para dar un toque de elegancia mayor- hay que poner un pañuelo de la misma tela de la corbata en la diminuta bolsa que tienen del lado izquierdo, justo arriba del corazón. No hay que poner cosas abultadas en la bolsa interior del saco, ni en las bolsas del pantalón. La cartera que uses debe de ser delgada y el cinturón, impecable. Los zapatos siempre deben de estar lustrosos, pues no hay peor pecado que tener un traje bueno y llevar tu calzado sucio.

Llevar un traje requiere más trabajo: la camisa no debe hacer arrugas al frente, siempre a los lados. No es aceptable planchar el pantalón para hacerles una raya en medio de la pierna, atravesándola de manera vertical. Y un buen traje nunca tiene las bolsas cosidas, que uno tiene que abrir con la punta de las tijeras.

Hace poco encontré un buen saco negro, que combina con unos pantalones que compré por separado. Esta combinación es aceptable, aunque no es tailor made. Hay que saber diferenciar el saco blazer, del traje formal: la diferencia radica en los botones de la manga, aunque ese conocimiento se adquiere con los años. Pero me queda bien y no lo sacaré de mi guardarropa en mucho tiempo. Sobre todo porque hace unos días iba con ese traje por la calle, con una buena corbata, tomándome un café; frente a mí venía caminando una pareja de esposos, ya mayores, y se hicieron a un lado cuando yo pasé. Escuché que ella le decía a él:

- No le saques
- ¡Estaba dándole el paso al señor!
- ¡No le saques, dije! -respondió ella

Nunca supe a qué le estaba sacando, pero me dio pena y casi me regreso a decirle al señor que no le sacara, pero eso iba a ser más incómodo para mí y suficientes problemas iba a tener con su mujer explicándole todo el ritual masculino de encontrar un buen traje, que yo me tardé ocho párrafos en describir aquí. Mejor me fui corriendo.


3 comentarios:

  1. Memo ,desde hace ya muchos años te leo , hace como un año deje de hacerlo sin querer ,hoy que estoy con insomnio me digo a mi mismo , hey !! Ahí está idos de la mente ,el buen memo siempre tiene algo interesante y no me equivoqué , espero que estés muy bien , es algo muy gracioso pero cuando te leía diario por tantos años ,hasta era como si fueras mi amigo jaja o alguna persona que en conocía en persona jajaja , te envío un saludo y volvere a estar aquí por tu blog ,ya no son lo mismo que antes con mil comentarios así que espero que sí veas este , hace algún tiempo iba a ir al D.F y me ofreciste tu casa aún sin conocerme , eres genial Memo .

    Ángel Lopez

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  2. oh sí, eso de los trajes tiene muchas bifurcaciones. Mi primer traje en realidad fue un saco que había sido heredado de generación en generación por todos mis primos; con los botones bien remendados hice mi primera comunión. Después me compré un traje, al cual por razones que desconozco, nunca tuve el tiempo de mandarlo a arreglar del dobladillo y le improvisaba uno con un par de grapas.

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