martes, 10 de enero de 2017

Casa Caracol: historias de hippies



Llegamos a Casa Caracol como a las 6 de la mañana y nos metimos a una especie de casita que, según nosotros, era la recepción:

- ¡Holaaaaa! ¿Hola? ¡Buenos díaaaaas!

Salió un tipo con sudadera:

- Esto no es recepción, es propiedad privada, aquí no les podemos guardar sus maletas, los de la recepción llegan a las nueve de la mañana, nosotros no podemos estar cuidando maletas de la gente que sale de las nueve de la noche del DF ca ca ca ca ¡KA KA KA KA!

Qué genio O_o

Luego nos enteramos que ese tipo se llama Charlie, que es el administrador del lugar, y que ese episodio de un minuto iba a ser lo único malo que viviríamos en Casa Caracol. Todo lo demás salió a pedir de boca.



Nos dijo un chico que estaba ahí:

- Este es mi lugar favorito en el mundo. Vengo aquí cada año.

Y lo entiendo. Este lugar queda casi enfrente de Las Pozas, pero para entrar a él hay que caminar unos 150 metros. No sé muy bien cómo definirlo. Es como un hostal, pero también como un hotel, pero tiene todo el espíritu de una comuna hippie. Llegan muchos turistas de todas partes del mundo. Hay una parte donde hay Teepees de apache, otra donde hay cabañitas como de Suiza y otras más que son como cuartos de una sola habitación con baño. Otros no tienen baño, pero hay unos comunales que son muy limpios. También tienen una cocina, que es el corazón de la comuna.

La cocina


Hay reglas básicas. No hay que dejar basura. Si uno agarra una cosa de la cocina, hay que lavarla. Todo está ahí para que todos lo usen, así que no se vale hacer destrozos. Fuera de eso, uno puede hacer lo que sea.

Les contaba en el último post de 2016, que estaba escribiendo mientras preparábamos café. Era cierto: compramos medio kilo de cafecito en el pueblo para prepararlo por la mañana y noche. Como no todos sabían de esto, era inevitable que los hippies se acercaran y dijeran:

- ¿De quién es este café?
- Yo lo hice
- ¿Me regalas tantito?
- ¡Claro!

Al rato se asomaba otro hippie, como venadito y pedía café. Al rato otro y otro más. Quitábamos los granos con una coladera vieja y rota, y tomábamos en vasos de plástico que debieron de haber utilizado mil personas antes que nosotros. Unos se echaban en las hamacas, otros en los sillones y otros más, en el piso.

¡Bien bonito!

No sé de qué dependa el que te toque una cabaña, un teepee o un cuarto. La recepción resultó ser un pedazo de patio donde se sienta otro de los encargados con sus perros alrededor. Ese chico traía un celular y veía a los turistas fatigados:

- Ya mero limpian los cuartos, a ver, tú, vete a ese teepee, tú, a la cabaña de allá. Tú espérate. ¿Quién llegó primero?

Y así los va repartiendo de uno a uno.

**

Un lugar ¿surrealista?

Se ve que el espíritu loco de Edward James permeó en todos los pobladores de Xilitla porque ese pueblo es muy extraño. Ave y yo concluimos que como James estaba medio chiflado, les dio permiso inconscientemente a todos los pobladores de darse a la locura. Por eso este lugar es así y por eso en el pueblo hay edificios que tienen más de siete pisos de altura (imagínense ¿para qué querría alguien una casa de siete pisos?).

En Casa Caracol hay manos que salen del piso, mandalas y al cemento para construir le mezclaron corcholatas, clavos y otros objetos. Una vez íbamos entrando al lugar y voltée al piso:

- Mira eso que está enterrado
- ¿Qué es?
- Es... es... es un muñequito de Tortuga Ninja O_o

El mismo chico que nos dijo que era su lugar favorito nos dijo "váyanse por esa vereda que está allá y cuando vean una camioneta vieja, dan vuelta por un caminito que está escondido". Y ahí vamos.

Supongo que en este camión llegaron los hippies primigenios
Al estar en medio de la selva, todo el paisaje es bonito. La veredita resultó estar más escondida de lo que pensábamos y lleva directamente a una mesa de piedra con asientos de piedra y un trono de piedra. También tiene una pequeña poza en la que puedes meterte y en la que no hay riesgo de que te hundas porque te detienen las piedras. Para cruzar, lo haces por medio de un puente de piedra.

Llevaba mi cafecito y unos pedazos de yuca en almíbar de piloncillo. Ahhhh, ¡qué placer!

Esa es la poza de piedra
La mañana que nos fuimos de aquí, subí a la cocina mientras la niebla bajaba por la montaña. En los sillones estaban unos chicos titiritando de frío, fumando como locos y tratando de calentarse a como diera lugar. Yo andaba con una playera nomás. Estaba calentando agua cuando subió Charlie, el primer tipo que nos recibió:

- A ver chavos, aquí la recepción abre a las nueve, ustedes se pueden quedar aquí, no les puedo cuidar sus maletas, no tenemos lugar ca ca ca ca ¡KA KA KA KA!

Apenas se fue y uno de los nuevos visitantes me dijo:

- ¿Así es aquí?
- Relájate -le dije- ese chico nos recitó la misma letanía cuando llegamos
- ¿Pero sí vale la pena? ¿Sí está padre?

En ese momento subió un perrito de los de la casa, buscando migajitas de los panes de maíz que nos habíamos comido la noche anterior.

- Sí, sí está padre -contesté.

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