jueves, 3 de agosto de 2017

Los héroes de tu propia historia


Los juguetes son, en la imaginación de los niños, los protagonistas de las primeras historias fantásticas. Antes de la época de las tablets, y cuando los videojuegos eran un lujo que pocos padres podían permitirse, los héroes legendarios eran He-Man y Superman, que podían unir fuerzas con el Santo —muñeco conseguido en el mercado, con rebabas de plástico y capa de hule— para darle unos catorrazos a Skeletor que, si bien le iba, terminaba con el brazo zafado. También escondíamos a los G.I. Joe detrás de los cojines de la sala, listos para emboscar al Hombre Elástico, o los aventábamos de la azotea esperando que un paracaídas, fabricado con una bolsa plástica de Aurrerá, detuviera su caída.

Narrábamos nuestras propias épicas con esos juguetes, historias que podían continuar durante días y días. Siempre nos han acompañado: desde los viejos boxeadores de madera hasta el trompo chillador; desde el caballo de palo hasta muñecos más sofisticados, como el Hombre Nuclear, que tenía un ojo telescópico para ver a distancia. Mis favoritos eran los autos de carrera Hot Wheels, que a fuerza de chocar contra la pared, quedaban despintados y con las llantas chuecas. Disfrutaba pintar carreteras con gises de colores en el suelo (mientras mi madre lavaba ropa) y que eran para mí circuitos de la Fórmula 1 en donde los pequeños bólidos de metal competían. Pero después vino mi primera gran colección: Star Wars, regalo de los Reyes Magos antes de descubrir el misterio de su omnipresencia. A Darth Vader lo hice caminar sobre el comal caliente antes de que sus soldados imperiales lo rescataran subidos en un sartén que simulaba una nave espacial. Obi Wan Kenobi, que no se parecía en nada al de la película, terminó con las cejas pintadas que le daban un aspecto más terrorífico que el mismo Emperador Palpatine.

Mis hermanas, en cambio, eran amantes de los juegos de té y de las Barbies. Durante horas murmuraban las historias en las que seguramente sus muñecas salían de viaje e iban de compras, con ropa de diseñador y zapatos de plástico transparente que compraban en los puestos del mercado de la colonia. Invariablemente acababan calvas, a fuerza de cortarles el pelo “a la moda” para que quedaran como Cindy Lauper y muchas de ellas tenían la cabeza rota, así que tenía que empotrarse en aquel cuello espigado, dándole un aspecto parecido al del Jorobado de Notre Dame. No había lugar donde no cargaran con esas muñecas y hasta tenían una lonchera especial de viaje: debía ser maravilloso para mi hermana poder cargar con su Barbie pelona al restaurante Vips y sentir que estaba en París.

Un día las historias infantiles se terminaron y los juguetes fueron a dar al fondo de una caja de cartón, de donde no salieron jamás. Las madres, encargadas de hacer espacio en la casa con toda la sangre fría que se requiere, donaban los viejos tesoros al barrendero y éste, a su vez, los vendía a puestos de segunda mano. Como en película de Pixar, los juguetes rodaron una y otra vez por la ciudad hasta que muchos de ellos fueron a dar al basurero. Pero seguramente un día usted se preguntó: ¿dónde quedarían esos juguetes de su niñez? ¿Qué habrá pasado con su Halcón Milenario? ¿Y con su Lagrimitas Lilí?...

(texto publicado originalmente en Milenio, donde sigue)

1 comentario:

Ustedes hacen el blog :)