martes, 6 de marzo de 2018

En gustos se rompen cuellos



Los metrobuses de la CdMx vienen en todas las formas y tamaños según la ruta: si uno toma la línea que va por Insurgentes a veces nos toca un metrobús oscuro, a veces doble, a veces chaparrito y a veces muy alto. Si uno va para San Lázaro o el Aeropuerto, el metrobús tiene rejas para echar las maletas o las bolsas del mandado llenas de tomates, chilacas y papas para freir. El metrobús que va sobre avenida Balderas tiene un pitido muy molesto, pero es amplio. Podemos decir que son como los chilangos: unos gorditos, unos más flacos, unos más molestos, unos más altos, etc.

Aún así y viéndolo de manera optimista, el Metrobús es un gran avance en materia de transporte público. De otra manera seguiríamos viajando por Insurgentes en viejos microbuses que paran en cada esquina y al que hay que bajar dando un saltito al mismo tiempo que gritamos "¡echen paja!". Tal vez es por eso que una mañana Miguel Ángel Mancera se despertó pensando que lo que necesita la gente que viaja por Paseo de la Reforma es (sí, adivinaron) otro Metrobús. Pero tan notable avenida merecería un transporte que nos pondría al nivel de las grandes capitales mundiales, como Londres: con bombo y platillo nos anunció que esta ruta tendría metrobuses de dos pisos. Y como no hay plazo que no se cumpla, ese día llegó.

Vistos desde afuera, los nuevos metrobuses son muy bonitos: recuerdan a los turibuses que van por toda la ciudad, llenos de gringos que toman fotos y nos saludan con la mano. Una vez adentro, la parte inferior es lo que ya conocemos, con asientos cómodos y algunas manijas para agarrarse cuando el conductor le meta freno. Pero lo interesante es subir al segundo piso: ahí es cuando comienza la emoción.

La escalera para subir es estrecha: le recomendamos bajar de peso para ascender y medirse la cintura, ya que si usted es muy gordito, corre el riesgo de quedarse atorado. Eso nos lleva al segundo problema: si hay mucha gente subiendo y usted quiere bajar, tendrá que esperarse a que todos hagan una maniobra para acomodarse como en estacionamiento público. Recomendamos que anticipe su bajada diez kilómetros antes, para que no se pase.

Ya arriba, la cosa cambia. No se permitirá que la gente vaya de pie y por una buena razón: el segundo piso mide 1.70 m de altura, así que si usted tiene cuello de jirafa, hágase a la idea que en lo que encuentra asiento y se acomoda, tendrá que ir con la barbilla al pecho (también rece porque el metrobús no caiga en un bache porque acabará con fractura múltiple expuesta). Pero cuando se acomode en su asiento, ¡oh la lá!, la comodidad absoluta. Prefiera usted los lugares que están hasta adelante, para ver, en primera fila, a la gente que corre cuando se cruza la calle y para saludar a los transeúntes y otros automovilistas.

Usted se sentirá como rey, viendo la ciudad hacia abajo. La única incomodidad es que, al ser tan chaparrito, el calor se encierra como en temazcal. Uno suda como pollo en rosticería a menos que enciendan el aire acondicionado (ya no digamos que se descomponga, pero dudamos que esto suceda porque en México le damos buen mantenimiento a nuestro transporte).

La conclusión a la que llego, es la siguiente: si en otras líneas ya se probaron metrobuses que son muy cómodos y en los que la gente va apretada, pero contenta, ¿por qué escogieron este modelo para hacernos sufrir? Mi teoría es la siguiente: que Mancera busca que la gente sea más civilizada al momento de subir, bajar, programar tu viaje, etc. O es eso, o los compró en rebaja. Voto por esto último.


2 comentarios:

  1. Suena super inocente tu texto. Desde el primer anuncio de la línea se comentó que esos buses son tecnología chatarra en otros países, contaminantes y descontinuados. Sin mencionar, además, que son incómodos. Pero eso sí, te van a decir que costaron un ojo de la cara.

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